cerebro calor

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¿Te cuesta pensar con claridad estos días? ¿No consigues concentrarte? ¿La fatiga que sufres no solo es física sino también mental? ¿Estás de peor humor? Pues no se trata solo de que acuses el cansancio acumulado durante todo el año y que necesites vacaciones ya (que también).

El calor afecta al cerebro y hace que este funcione peor. ¿Por qué crees si no que en los primeros lugares donde se instaló el aire acondicionado fue en las empresas? Pues porque está comprobado que las personas rendimos más si no hace calor.

Luz, sí; calor, no

El aumento de horas de luz natural que se produce en verano y la mayor luminosidad favorecen la sensación de bienestar y la realización de tareas mentales. Hace ya unos años que un estudio australiano publicado en "The Lancet" demostró que la luz solar aumenta la producción de serotonina, un neurotransmisor fundamental para el cerebro. En invierno, en cambio, los niveles de serotonina son más bajos, lo que influye en un peor estado anímico y mental.

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Entonces, ¿por qué estamos estos días tan espesos y de mal humor? Pues porque las temperaturas excesivamente altas provocan el efecto contrario. "Nuestro cerebro funciona bien hasta los 35-40º. Pero por encima de estas temperaturas comienza a no actuar adecuadamente", explica la doctora Marisa Navarro, terapeuta, especialista en depresión y trastornos del sueño y autora de los libros "La medicina emocional" y "El efecto tarta".

Es decir, que nuestras neuronas no funcionan tan bien cuando los termómetros se acercan (o superan) los 40º, por mucha luz que haya.

El exceso de calor contrarresta el efecto beneficioso de la luz solar

Según la doctora Navarro, las personas somos muy sensibles a los cambios climáticos, aunque por supuesto unas más que otras. Por esta razón, la Sociedad Española de Neurología (SEN) advierte cada año por estas fechas de que las altas temperaturas pueden afectar especialmente a las personas que sufren enfermedades neurológicas y trastornos como cefaleas.

¿Por qué funcionan peor nuestras neuronas?

Los motivos son varios, aunque todos tienen algo en común: el sobreesfuerzo que debe hacer nuestro organismo para adaptarse al calor.

1. El hipotálamo tiene que trabajar en exceso

El hipotálamo es una región del cerebro que tiene infinidad de funciones, entre ellas las de regular las emociones, las sensaciones de hambre y saciedad, el sueño... y también la temperatura corporal.

Es decir, a través de la respiración, el sudor y la circulación, se encarga de mantener el cuerpo a una temperatura estable. Pero cuando hace mucho calor, el hipotálamo tiene que hacer un trabajo extra para adaptarse a la elevada temperatura exterior y regular la corporal para mantenerla a 36-37º.

El hipotálamo regula la temperatura corporal, entre otras funciones

Esto supone un esfuerzo enorme para el cerebro, al que no le queda más remedio que "desatender" otras funciones para emplear el máximo de energía en adaptarse al calor intenso. Por eso, los impulsos nerviosos tardan más en propagarse y, en estas situaciones, nuestra capacidad de respuesta es mucho más lenta, nos cuesta más concentrarnos y nos sentimos mucho más cansados, apáticos y aturdidos.

2. Descansamos peor

La temperatura ideal para dormir está en torno a los 21º. Cuando el organismo tiene que adaptarse al calor por la noche se produce una hiperexcitación cerebral, nos cuesta más conciliar el sueño, aumenta la ansiedad y dificulta que el descanso sea reparador. Todo ello contribuye a que al día siguiente estemos más cansados, espesos y de mal humor.

"Estar de vacaciones ayuda mucho, pero si nos tenemos que levantar para ir a trabajar y no hemos descansado adecuadamente, todo empeora", afirma la doctora Navarro.

3. Tenemos más riesgo de deshidratación

Beber suficiente agua a lo largo del día es importante todo el año. Pero en verano, con temperaturas tan altas, es imprescindible para la salud, ya que el riesgo de sufrir deshidratación es mayor.

Y según la Sociedad Española de Neurología (SEN) y la Fundación del Cerebro, tener una deshidratación superior al 2% del peso corporal (porcentaje de pérdida de agua corporal en función del peso) produce una pérdida de concentración y de memoria a corto plazo, mientras que el tiempo de respuesta aumenta.

4. Si encima sopla viento...

Y este es del sur, seco y terroso, va cargado de iones positivos, a los que diferentes estudios vinculan con un aumento de la irritabilidad, la agresividad y el nerviosismo, así como con un empeoramiento de los cuadros depresivos.

¿qué podemos hacer?

La mayoría de las personas se adaptan al calor en cuestión de días, aunque mantengan una cierta ralentización mientras duran las altas temperaturas. Sin embargo, otras sufren sus consecuencias prácticamente todo el verano.

En cualquier caso, si no tomamos las siguientes precauciones, los síntomas pueden agravarse y derivar en un golpe de calor, que puede causar desde debilidad, desorientación, confusión y palpitaciones hasta delirio, pérdida de consciencia e, incluso, llegar a poner en riesgo nuestra vida.

  • Evitar salir en las horas de máximo calor, entre las 12 y las 17 h.
  • No poner el aire acondicionado muy fuerte. Recuerda que al cerebro (igual que al resto de tu organismo) no le gustan las variaciones bruscas de temperatura. Lo ideal, a unos 24º.
  • Hacer ejercicio suave a primera hora de la mañana o a última de la tarde, siempre y cuando haya refrescado.
  • Hidratarse adecuadamente bebiendo al menos 2-2,5 litros de agua al día, aunque no se tenga sed. Cuando esta aparece, normalmente es que ya se sufre una cierta deshidratación.
  • Hacer comidas sanas y fáciles de digerir, ricas en verduras, hortalizas y frutas, que proporcionan una buena hidratación, y bajas en grasas, azúcares y picantes.
  • Evitar las bebidas alcohólicas y no abusar del café, ya que aumentan la pérdida de líquidos.
  • Vestir ropa ligera, fresca, ancha y cómoda, preferiblemente de tejidos naturales.
  • Seguir horarios de sueño regulares, sin variar demasiado la hora de ir a dormir y la de levantarse tanto durante los fines de semana como en vacaciones.
  • Hacer siesta siempre que se pueda. Aunque los estudios no se ponen de acuerdo en cuánto tiempo debe durar la siesta ideal, la mayoría recomiendan entre 20 y 30 minutos. Según una investigación de la NASA, por ejemplo, la siesta perfecta debe durar 26 minutos.
  • Extremar las precauciones en el caso de niños, ancianos y personas que sufran alguna patología y se estén medicando.