Por Soledad López, periodista especializada en salud

inteligencia artificial

La tecnología aplicada a la neurociencia es apasionante porque abre un sinfín de posibilidades que actualmente son ciencia ficción pero en breve podrían convertirse en una realidad.

Y es apasionante porque, tal y como analizan en un artículo los profesores de la UOC Pierre Bourdin y Raquel Viejo-Sobera, podría afectar en gran medida a nuestra forma de vivir.

¿Conseguirá la tecnología hacernos más inteligentes?, ¿llegaremos a convertirnos en cíborgs (personas que llevan implantados aparatos electrónicos como una parte más de su organismo o como una extensión de los sentidos)? ¿Podremos mover objetos con el pensamiento?

Son algunas de las preguntas que los profesores Bourdin y Viejo-Sobera se hacen y sobre las que reflexionan.

¿La inteligencia artificial nos cambiará la vida?

Tal y como sugiere un artículo publicado en Science Direct, las investigaciones en este terreno auguran:

  • Grandes transformaciones en los procesos cognitivos que realizamos a diario y en ámbitos como la medicina, la atención primaria, el entretenimiento, la educación, el aprendizaje del autocontrol y la regulación de emociones, y el marketing y la publicidad.

"La inteligencia artificial está a punto de provocar cambios radicales en nuestras formas de vivir como ocurrió en las pasadas revoluciones industriales, con la invención de la imprenta o de la electricidad", asegura Bourdin, profesor de Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC.

¿Seremos cíborgs?

A día de hoy, la imagen de una sociedad controlada por cíborgs es ciencia ficción, pero según Bourdin no se puede descartar una evolución en este sentido:

"En el futuro es probable que haya una fusión del hombre con las máquinas", reconoce.

Pero la conexión hombre-máquina ya ha empezado y hay algunos ejemplos de ello:

  • Actualmente ya convivimos con elementos tecnológicos que facilitan la comunicación directa entre el cerebro y el dispositivo externo.
  • Esto permite, por ejemplo, que alguien pueda escribir en una pantalla sin necesidad de teclado; o que una persona con una pierna amputada pueda mover su extremidad robótica (pierna artificial).
  • Para conseguir esta conexión entre sistema nervioso central o cerebro y un programa informático puede ser necesario instalar conectores en el cerebro que requieran cirugía, aunque no siempre es necesario.

El profesor Bourdin subraya que la mayoría de estos avances se aplican al cerebro, aunque también hay aplicaciones sobre la médula espinal o el sistema musculoesquelético:

  • "Hay neuroprótesis para personas parapléjicas que les permiten pararse y caminar. A largo plazo podemos imaginar implantes para mejorar la fuerza muscular, la vista o la memoria".

¿Manejar el móvil con la mente?

La tecnología para conectar el cerebro con las máquinas es todavía muy primitiva, alerta Bourdin, pero está en constante crecimiento.

Y recuerda el proyecto de la empresa Neuralink, del magnate canadiense Elon Musk, que trabaja para lograr interfaces que nos permitan manejar el teléfono móvil o el ordenador solo con la mente.

El profesor apunta que el hecho de que una empresa como la de Elon Musk invierta en este sector demuestra que es una tecnología que está a punto de convertirse en una realidad comercial.

Dudas éticas sobre el poder de las máquinas

La inteligencia artificial, como todos los avances de nuestra sociedad, ha generado también un debate ético.

Raquel Viejo-Sobera, profesora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC y especialista en técnicas de estimulación cerebral no invasiva, identifica básicamente tres dilemas a los que se enfrenta la inteligencia artificial aplicada a la neurociencia:

  • El control humano de las máquinas. Las máquinas 'aprenden' a partir de la información proporcionada por las personas que las desarrollan. "Por tanto, esta información puede presentar los mismo sesgos que la sociedad, como el machismo o el racismo. Si no hay un control activo sobre ello se pueden crear inteligencias artificiales machistas, racistas o xenófobas", advierte.
  • La protección de datos. En este sentido, Viejo-Sobera asegura que es importante asegurarse de que esos datos recogidos de forma masiva por los sistemas de inteligencia artificial van a tener un tratamiento confidencial y respetuoso.
  • El elevado consumo energético. Procesar grandes cantidades de datos (computación de alto nivel) supone un gasto energético muy grande. Habrá que ver entonces si "la inteligencia artificial es sostenible y en qué casos está justificada", asegura la profesora.

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