Parenting

Necesitas reorganizar tu casa (y tu vida) para tu hijo

Los bebés necesitan que les hagamos un hueco en nuestra casa. Si asumimos que su llegada supondrá cierto desorden, pronto aprenderemos a convivir en armonía.

Laura Gutman

Laura Gutman

Psicoterapeuta familiar. Directora de Crianza y autora de El poder del discurso materno y La revolución de las madres.

necesitas reorganizar tu casa y tu vida para tu hijo

¿Existe una manera de criar a nuestros hijos y mantener la casa en orden? Dar una respuesta afirmativa a tal pregunta es, a todas luces, imposible, puesto que la convivencia entre padres e hijos significa una pérdida del territorio personal, pero también una ganancia a favor del intercambio y el amor.

Somos libres de decidir si damos prioridad a la tranquilidad y al espacio personal o al hecho de traer niños al mundo. Y esta aclaración tan directa se hace necesaria porque, en la búsqueda de armonía, tenemos que diferenciar entre lo que podemos pedir a un niño y lo que se convierte en una manipulación disfrazada de modernidad para lograr que se adapte a nuestras necesidades.

Un entorno sin peligros

Pero, ¿no es necesario que el niño aprenda que hay un mundo circundante con reglas propias al que se debe adaptar? ¡Claro que sí! Siempre y cuando los adultos hayamos comprendido que hemos ingresado en un mundo nuevo –el infantil– al que primero tenemos que adaptarnos nosotros.

En definitiva: un niño que ya gatea debe contar con un entorno preparado para él donde poder coger, chupar y explorar los objetos que están a su alcance, sin que esto suponga un peligro. Y, por otra parte, también merece gozar de un espacio en buenas condiciones de higiene y donde no haya muebles con puntas, cristales ni elementos punzantes. Si tenemos objetos muy preciados para nosotros, simplemente dejémoslos fuera de su vista durante unos años.

Además, no siempre le interesan los juguetes que le ofrecemos, sino que desea explorar aquello con lo que los adultos nos vinculamos: móviles, mandos a distancia... Es lógico, a nosotros nos interesan especialmente, y ellos quieren comprender qué es eso que nos importa tanto.

Ahora bien, para muchos adultos es indispensable vivir dentro de cierto equilibrio y tener cada cosa en su lugar. Aunque el orden sea un concepto relativo (ya que ni siquiera entre nosotros llegaríamos a un acuerdo respecto a lo que significa), podemos decir que el movimiento de un niño pequeño es demasiado desorganizado para la mayoría de nosotros.

Si nos interesa enseñarles a ser ordenados, es importante comprender que el orden extremo va instalándose en relación al orden interno. Y este orden interno responde a parámetros emocionales.

No tiene que ver con el aprendizaje ni con la imitación, y mucho menos con los premios o castigos.

Ordenar su mundo emocional

Lo que llamamos orden interno se va construyendo a medida que las necesidades básicas del niño son atendidas. Si necesita brazos y los obtiene, su cosmos interno está en orden.

Si el niño necesita palabras cariñosas y las obtiene, su estructura emocional estará en orden.

Si el niño experimenta situaciones nuevas y recibe palabras que nombran y explican lo que sucede, todo se acomodará en su vivencia personal.

Si las situaciones hostiles son suavizadas por nuestra presencia, la organización afectiva encontrará un lugar para cada acontecimiento y el niño podrá fluir en un estado de bienestar.

Habrá una sensación general de orden, de limpieza espiritual y de confianza en todos los procesos.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con ordenar los juguetes?

Precisamente, un niño amparado y cuidado por sus padres no juega solo. Por lo tanto, tampoco ordena solo. Además, recoger los juguetes forma parte del juego, de la presencia de un adulto amoroso y de la exploración en general.

Cuando estamos juntos, el ambiente armonioso forma parte del intercambio afectivo armonioso.

Así es como el orden interno y el orden externo forman parte de un mismo movimiento sencillo y natural.

Si los adultos estamos disponibles para el aparente desequilibrio que trae consigo todo niño, es posible que con el tiempo encontremos una nueva manera de acomodarnos en un mismo espacio, unos y otros.

Debemos adaptarnos nosotros

Es interesante notar que cuando pensamos en tener un hijo nunca añadimos a nuestra reflexión que eso significa que deberemos convivir con él, que habrá un nuevo ocupante en el espacio físico que consideramos propio.

Por eso, nos resulta difícil creer que ese hijo al que amamos nos active sentimientos tan ambivalentes, sobre todo cuando su presencia nos abruma, al quitarnos todo espacio de intimidad y desestabilizar el orden que habíamos logrado.

Es en estos casos cuando creemos que el problema está en que el niño no nos hace caso, en que el niño no tiene límites o en que el niño no respeta nuestras consignas. Estas son interpretaciones falsas: un hijo irrumpe en todas las áreas de nuestra vida, y solo haciéndole un espacio dentro de nuestro corazón, y por consiguiente, dentro de nuestro hogar, vamos a encontrar un nuevo orden correspondiente a su presencia en casa.

Todo es cuestión de disponibilidad. O agregamos un plato más en la mesa cuando llega una visita, o no invitamos a nadie al banquete.

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