Construir el vínculo durante el embarazo

Este artículo ha sido adaptado del libro 'La vida secreta del niño antes de nacer' del Dr. Thomas R. Verny (Ed. Urano).

El Dr. Thomas R. Verny es una autoridad mundial en la investigación y difusión de la influencia del entorno prenatal y perinatal en el desarrollo de la personalidad. Psiquiatra, profesor, escritor y conferenciante, es el fundador de la Asociación de Psicología Prenatal y Perinatal (APPPAH - Association for Prenatal & Perinatal Psychology & Health).

La interacción con el bebé intrauterino

Imagínese cómo se sentiría uno a solas en una habitación durante seis, siete u ocho meses sin el menor estímulo emocional o intelectual. Esa es, más o menos, la consecuencia de ignorar a un niño intrauterino.

Lógicamente, sus necesidades emocionales e intelectuales son mucho más primitivas que las nuestras. Pero lo importante es que existen.

Necesita sentirse amado y deseado tan apremiantemente como nosotros. Y quizás más aún. Es necesario hablarle y pensar en él; de lo contrario, su espíritu y a menudo también su cuerpo comienzan a debilitarse.

Es realmente fascinante pensar que los padres y las madres podemos contribuir a modelar la personalidad de nuestro hijo no nacido, “un ser consciente que siente y recuerda”, para que sea una persona feliz.

¿Cómo se produce esta comunicación?

Lo que merece resaltarse aquí es que existe... y que podemos hacer algo con respecto a ello. Hasta cierto punto, incluso podemos medir su calidad y orientación.

En líneas generales, la personalidad del niño intrauterino que una mujer lleva en sus entrañas es una función de la calidad de la comunicación madre-hijo y también de su especificidad.

Si la comunicación fue abundante y nutritiva, existen muchas posibilidades de que el bebé sea sano y feliz

Si la comunicación fue abundante, enriquecedora y, sobre todo, nutritiva, existen muchas posibilidades de que el bebé sea robusto, sano y feliz. Esta comunicación es una parte importante del vínculo.

Como todos los investigadores que han estudiado el vínculo después del nacimiento coinciden en que es enormemente provechoso para la madre y el hijo, es lógico pensar que el vínculo antes del nacimiento sería igualmente importante.

La vida, incluso la vida en los primeros minutos y horas, ofrece infinitas distracciones: imágenes, sonidos, olores y ruidos. Por su parte, la vida en el útero era mucho más uniforme y estaba completamente rodeada por su madre y todo lo que ésta decía, sentía, pensaba y esperaba. Hasta los ruidos externos pasaban a través de ella.

¿Cómo no va a estar profundamente afectado por la madre? Incluso algo aparentemente tan terrenal y neutro como el latido de su corazón surtía un efecto. El niño sabe que el ritmo tranquilizador de ese latido es una de las principales constelaciones de su universo. Se duerme con él, despierta con él, descansa con él.

Puesto que la mente humana −incluso la mente humana en el útero− es una entidad productora de símbolos, gradualmente el feto le adjudica un significado metafórico. Su tac-tac constante llega a representar la tranquilidad, la seguridad y el amor hacia él. En su presencia, el niño suele prosperar.

Lógicamente, la mujer no tiene control sobre esta operación y, en cierto sentido, su latido funciona con el piloto automático. Pero puede llegar a comprender sus emociones y abordarlas con más eficacia. Esto es vital para el bienestar de su hijo porque su mente se modela de manera fundamental según sus pensamientos y sentimientos.

Pensamientos positivos

El hecho de que su mente evolucione hacia algo principalmente duro, angular y peligroso, o suave, fluyente y abierto depende, en gran medida, de que sus pensamientos y emociones sean positivos y reforzadores o negativos y cargados de ambivalencia.

Eso no significa, en modo alguno, que las dudas y las incertidumbres ocasionales harán daño al niño. Tales sentimientos son naturales e inofensivos. Me estoy refiriendo a un patrón de conducta bien definido y constante.

Por este motivo es tan trascendental que la embarazada piense en su hijo. Sus pensamientos −su amor, su rechazo o su ambivalencia− comienzan a definir y a modelar la vida emocional del niño.

Lo que ella crea no son rasgos específicos, como la extroversión, el optimismo o la agresividad. Estas palabras son, sobre todo, palabras adultas con un significado adulto, demasiado específicas y afinadas para aplicarlas a la mente de un niño intrauterino de seis meses.

Los pensamientos d la madre −su amor, su rechazo o su ambivalencia− comienzan a modelar la vida emocional del niño

Lo que se forma son tendencias más amplias y más profundamente arraigadas, como el sentimiento de seguridad y autoestima. A partir de estas tendencias, más adelante, en la infancia, se desarrollan rasgos específicos del carácter.

Un ejemplo más afortunado es la seguridad. Una persona segura confía profundamente en sí misma. ¿Cómo no va a hacerlo si desde el filo mismo de la conciencia se le ha dicho que es deseada y querida? Atributos como el optimismo, la confianza, la cordialidad y la extroversión surgen naturalmente de ese sentimiento.

la relación con el padre

Durante esos meses, la mujer es el nexo entre su bebé y el mundo. Todo lo que le afecta incide en él. No hay nada que la afecte más profundamente ni que la alcance con un impacto tan hiriente como las preocupaciones con respecto a su marido (o compañero).

Por este motivo, emocional y físicamente hay pocas cosas tan peligrosas para un niño que un padre que maltrata o deja sola a su esposa embarazada.

Prácticamente, todos los que han estudiado el papel del futuro padre han descubierto que su apoyo es absolutamente indispensable para ella y, en consecuencia, para el bienestar del hijo de ambos.

Este hecho convierte al hombre en una parte importante de la ecuación prenatal. Un factor igualmente vital del bienestar emocional del niño es la actitud del padre hacia la pareja.

Su apoyo es indispensable para la futura madre y, en consecuencia, para el bienestar del bebé

Diversos elementos pueden incidir en la capacidad de un hombre para relacionarse con su compañera, desde lo que siente hacia ella o hacia su propio padre, hasta las presiones laborales o sus propias inseguridades.

Las investigaciones han demostrado que lo que afecta más profundamente su sentido de compromiso −para bien o para mal− es en qué momento comienza la relación con su hijo, si es que esta tiene lugar.

Por evidentes motivos fisiológicos, el hombre, está, en este caso, en desventaja. El niño no es una parte orgánica de su ser. Sin embargo, no todos los impedimentos físicos del embarazo son insuperables.

Algo tan corriente como hablar es un buen ejemplo: un niño oye en el útero la voz de su padre y existen claras pruebas de que oír esa voz supone una importante diferencia emocional.

En los casos en que un hombre habló con su hijo utilizando palabras breves y tiernas, el recién nacido pudo distinguir la voz de su padre incluso en las primeras una o dos horas de vida. Más que distinguirla, responde emocionalmente a ella. Por ejemplo, si está llorando se calla. Ese sonido cariñoso y conocido le dice que está protegido.

Su futuro como padre

La relación también influye directamente en el futuro padre en un sentido más general.

Los estereotipos suelen retratarlo como bienintencionado pero torpe. Esto crea una perniciosa crisis de confianza en muchos hombres. A modo de defensa, suelen alejarse de sus esposas durante el embarazo y recurrir a la seguridad de amigos y colegas que les proporcionan respeto y el sentido de la propia valía.

Cuanto antes se interese el padre por su bebé, más posibilidades de beneficiarse tendrá su futuro hijo

La relación es un modo −un modo muy importante− de romper este círculo vicioso e interesar al hombre mucho más profunda y significativamente en la vida de su hijo desde el principio mismo. Cuanto antes se interese, más posibilidades de beneficiarse tendrán su futuro hijo o hija.

Es necesario un profundo cambio desde la raíz del ser para alejarse de prácticas pasadas. Esto y solo esto es necesario si abrigamos la esperanza de producir futuras generaciones de niños cada vez más sanos y emocionalmente seguros.

El bebé intrauterino

  • Sensaciones. Antes del tercer mes partes primarias del cerebro ya se han formado. A las seis semanas el futuro bebé responde al tacto y a las 22 presenta patrones sostenidos de ondas cerebrales parecidos a los de los adultos. A partir del cuarto es capaz de explorar su pequeño mundo: juega con el cordón, se chupa el dedo, traga líquido amniótico y reacciona a su gusto...
  • Mundo sonoro. A los cinco meses de gestación, el bebé intrauterino ya tiene su sistema auditivo desarrollado y pocas semanas después reacciona y se muestra especialmente sensible a la voz de su madre. A las 25 semanas responde claramente al sonido y la melodía y lo hace de manera muy distinta según su estilo. Esto permite a la mujer influir activamente en la vida de su hijo antes del nacimiento.
  • Voluntad. Entre el tercer y el sexto mes de gestación, el bebé responde a estímulos externos y parece capacitado para actuar según su voluntad. Por ejemplo, se aparta de una fuente de luz que percibe como intensa.
  • Sensibilidad. En algún momento hacia el final del segundo trimestre, ya no es solo un ser que siente –percibe y reacciona ante sensaciones– sino un ser sensible, mentalmente consciente y capaz de una cognición primitiva.

Marcado por la experiencia

En nueve meses, el bebé intrauterino pasa de ser un ser emocionalmente insensible a uno capaz de registrar y procesar sentimientos y emociones muy complejos y complicados.

  • Se va definiendo. El ego del niño intrauterino –el total de lo que como individuos pensamos y sentimos sobre nosotros mismos– comienza a funcionar en algún momento del segundo trimestre, período en el que ha alcanzado la madurez necesaria.
  • El primer paso. Su sistema nervioso está en condiciones de transmitir sensaciones a los centros cerebrales superiores, mensajes que fomentan su desarrollo neurológico.
  • En evolución. Pronto irá realizando operaciones más complejas. Por ejemplo, la madre ha pasado un día agotador que ha fatigado a su bebé no nacido; ese cansancio crea una sensación primitiva −incomodidad− que moviliza el sistema nervioso del bebé, y su intento de darle sentido involucra al cerebro. En cuanto se repitan esas circunstancias, los centros receptivos estarán lo bastante desarrollados para procesar mensajes maternos más complejos y sutiles. Es cuestión de práctica.
  • Emociones que influyen. La ansiedad de la madre perturba la sensación de unidad con el entorno que tiene el bebé. También lo empuja a actuar: patalea y se revuelve para apartarse de esa sensación que proviene de la madre. Es decir, empieza a crear unos mecanismos de defensa primitivos. Una sensación directa que al principio simplemente le incomodaba, acaba empujándole a encontrar modos de abordarla.
  • Otras reacciones. Si su madre está sentada en una posición incómoda, el bebé intrauterino se molesta. Los sonidos desagradables, como los gritos, también le hacen reaccionar así. Pero esas pequeñas dosis de enfado tienen su parte positiva: aceleran el desarrollo de asociaciones intelectuales rudimentarias. Por ejemplo, en el caso de reprimir sus movimientos, el niño no nacido aprende algo sobre la relación causa efecto –la forma en que la madre se sienta o acuesta le provoca calambres y enfado–, un precedente del pensamiento humano.