El verdadero lugar de las matronas en el parto

Este artículo ha sido adaptado del libro 'Parir sin miedo, El legado de Consuelo Ruiz' (Ob Stare).

El parto es una función fisiológica más entre las varias que el organismo vivo lleva a cabo para cumplir su destino de sobrevivir y de reproducirse; ninguna función fisiológica duele a menos que exista enfermedad o defecto que impida su ejecución normal.

El miedo y el dolor

Desde épocas muy lejanas, el parto ha sido relacionado con el peligro, el dolor y el castigo; hasta la actualidad, en la que está considerado como una verdadera enfermedad necesitada de hospitalización y atención médica y quirúrgica.

Así, la mujer embarazada tiene miedo al parto, y el miedo es un sentimiento poderosísimo capaz de trastornar, tanto física como mentalmente, el organismo de la parturienta.

Si fuera factible evitar el miedo al parto, gran parte del dolor desaparecería por sí solo

Si fuera factible evitar el miedo al parto, gran parte del dolor desaparecería por sí solo. El dolor ha sido creado e institucionalizado por la ignorancia, y se mantiene porque constituye un formidable instrumento de poder.

Confesiones sinceras

Cuando, haciendo prácticas de obstetricia para la carrera de Practicante, tuve ocasión de presenciar partos, me quedé horrorizada, me pareció que la manera en que este se llevaba a cabo era indigna de seres racionales.

Jamás había pensado ser matrona, pero presenciando un parto, sentí algo así como una especie de mandato urgente, de que lo abandonase todo y me dedicase, exclusivamente, a asistir el parto mejor, a socorrer con urgencia a aquellas mujeres, víctimas de una injusticia social que había convertido en dolorosa, temida, denigrante e incluso, en ocasiones, vergonzosa, la función más hermosa del organismo femenino: el acto de parir.

La mujer podría autodirigir su parto sin miedo y sin tener que entregarse, pasivamente, a manos ajenas

Está fuera de toda lógica que la mujer para peor que cualquier otra hembra vivípara, que no pueda realizar por sus propios medios, por sí misma, esa importante función, a pesar de estar fisiológicamente capacitada para ello.

La mujer podría autodirigir su parto sin miedo, sin errores, sin supersticiones y sin tener que entregarse, pasivamente, a manos ajenas.

El instinto perdido puede ser reemplazado por el conocimiento y la voluntad de llevar a cabo, con conocimiento de causa, una tarea para la que la mujer ha nacido suficientemente capacitada, pero que la ignorancia de lo que es un parto y la subestima del propio valor, han impedido que la mujer se hiciera cargo, conscientemente, del parto y haya consentido con pasividad que la función se haya desenfocado hasta convertirse en una costosa enfermedad, en un temido azar en la vida de la mujer.

Un derecho perdido

La vida ha cambiado mucho en poco tiempo. Las mujeres han invadido carreras, profesiones y puestos tradicionalmente reservados a los hombres, y a nadie le produce extrañeza este hecho; parece como si se reconociera que la mujer es intelectualmente igual que el hombre y capaz de llevar a cabo las mismas actividades de forma satisfactoria.

Pero, paradójicamente, una tarea exclusivamente femenina que la mujer ha venido desempeñando desde la Prehistoria, es decir, el parto,ya no se la juzga apta para ello sin ayuda de la «ciencia».

  • A la mujer actual se le reconocen una serie de derechos pero se le niega uno que siempre fue suyo: el de dar a luz naturalmente.

Hasta hace más o menos medio siglo, se pensaba que el parto era una función normal y que una mujer sana y normalmente constituida podía dar a luz, como lo venían haciendo hasta entonces, sin más ayuda que la de otra mujer, la comadrona, una mujer que tras la debida preparación, poseía los conocimientos precisos para vigilar si el parto transcurría o no fisiológicamente.

Parto dirigido

En contra de los muchos derechos y libertades que la mujer ha adquirido recientemente, ha perdido la de parir de forma natural.

Y tampoco ha adquirido algo que no tuvo nunca: la posibilidad de saber porqué duele el parto, en qué consiste, de aprender a parir para poderlo hacer conscientemente, sabiendo lo que hace, disfrutando activamente de su papel de protagonista del parto que le ha sido arrebatado sin compensación alguna.

A fines de los años sesenta, cierto doctor presentó en la Maternidad Provincial de Madrid, con el eufónico nombre de «parto dirigido» un sistema de parto sustitutivo del que la naturaleza efectuaba desde que se creó la mujer.

Mediante drogas, maniobras e intervenciones, el parto se podía abreviar considerablemente

Este parto dirigido tenía la ventaja de que se verificaba a voluntad de la persona o equipo que lo dirigiera.

Mediante drogas, maniobras e intervenciones, el parto se podía abreviar considerablemente reforzando la intensidad y la frecuencia de las contracciones y acortando y suprimiendo las pausas fisiológicas de descanso entre contracción y contracción y entre período y período; en una palabra, dirigiendo a su gusto la ancestral función que tenía el grave defecto de no tener en cuenta la rapidez de la vida moderna en la que todo se hace deprisa, a la carrera, a contrarreloj.

Verdaderamente, el parto natural tan parsimonioso, a veces intempestivo, tan poco necesitado de elementos ajenos, realizándose por sus propios medios, sin utilizar drogas, aparatos ni máquinas era un anacronismoen el complicado mundo moderno, por demasiado sencillo.

Seguramente, no hubiera costado trabajo convencer a las mujeres de lo conveniente del cambio, pero, como se vivía bajo una dictadura militar, no hubo necesidad de ello, y la sustitución del parto natural por el dirigido artificialmente se llevó a cabo al estilo castrense.

Hasta la previa «educación maternal», tenía reminiscencias de instrucción militar, pues la gimnasia a la que se sometía a las embarazadas se semejaba al adiestramiento de los quintos, y su objetivo era el mismo: lograr el grado de disciplina necesario para que los individuos se sometieran, sin hacer preguntas, sin rechistar, a cuanto se les ordenara.

Aunque las palabras fueran otras, en lugar de «Un...Dos... ar... Izquierda... Derecha», a las mujeres se les decía: «Flexión... Extensión... Un... Dos... Respiren... Descansen...» pero el resultado era el mismo: tanto los soldados como las embarazadas, bien instruidos y aleccionados, irán sumisa y disciplinadamente adonde se les ordene.

Las matronas

Yo ya estaba resignada a que las mujeres no parieran como había intentado que lo hicieran: con un conocimiento exacto de lo que es el parto. Al estar convencidas de que es una función natural y saber los motivos del dolor, ajenos a la función y el modo inteligente de evitarlos, el miedo al parto desaparecería automáticamente.

Al cesar el temor al parto, no habría resistencia contra él, el organismo no tendría necesidad de reforzar las contracciones para vencer esa resistencia, y el parto se verificaría de forma lenta y suave y, desde luego, sin dolor.

¿Qué papel le reservaba yo a la matrona en estos partos verdaderamente preparados?

Nada menos que la actividad que la religión coloca entre las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. La preparación del parto, de su fisiología, no puede llevarla a cabo, lógicamente, más que quien conozca de forma satisfactoria dicha función.

La matrona no debe renunciar nunca a su papel tradicional de ayuda amistosa

Además, la matrona no debe renunciar nunca a su papel tradicional de ayuda amistosa, compartiendo con la embarazada, la parturiente, la puérpara o la madre novata, de mujer a mujer, preocupaciones, problemas y alegrías.

Un papel poco relevante

Con la hospitalización forzosa de la mujery la imposición de métodos artificiales para parir sobre los que no existe la mínima probabilidad de elección, ni siquiera información, la sumisión de la matrona al método es semejante a la de la mujer. Ni con el pensamiento se permitiría discrepar de la utilización rutinaria de drogas, maniobras, intervenciones, etc.

El cometido de la matrona en el hospital es el de una máquina que ignora para qué sirve el trabajo que ejecuta; obedece órdenes y punto.

Es un ser inferior con un diploma elemental que no la capacita para discernir por sí misma, la asistencia que debe prestar a la parturiente, otro ser inferior: otro pedazo de carne con ojos que no osará jamás pedir explicaciones sobre lo que hacen con ella.

Acaso se piensa que esta sumisión ciega será garantía de que, si ocurriera una tragedia, la comadrona se libraría de la culpa, ya que no hizo más que cumplir órdenes, pero esta posibilidad es indigna de ser tomada en cuenta por una profesional que debe saber que las distocias primitivas son reconocibles durante el embarazo o al inicio del parto, y que las que se presentan en el transcurso del mismo no ocurren «porque sí» sino que siempre tienen un motivo evitable.

En base a sus conocimientos obstétricos, la matrona debe sentirse segura de que en un parto correctamente asistido nunca hay sorpresas, y que las distocias se pueden prevenir o, por lo menos, conocerlas de antemano.

El parto, como todo en la vida, tiene dos aspectos, uno físico y otro psicológico o espiritual. Asistir un parto ateniéndose solamente a la parte física, sin la parte emocional que lo acompaña, tanto por parte de la mujer como por parte de la matrona, no vale la pena.

Asistir un parto ateniéndose solamente a la parte física, sin la parte emocional que lo acompaña, no vale la pena

Es una función mecánica, semejante a la defecación. Tampoco puede suscitar emoción alguna un vientre abierto del cual se extrae un ser humano, exactamente como se haría con un tumor o un apéndice.

Yo no he experimentado jamás emoción alguna en las escasísimas cesáreas que he instrumentado a lo largo de mi carrera profesional, pero sí que me saltaban las lágrimas de alegría ante la mirada del recién nacido o cuando se lo entregaba, con el cordón aún sin cortar, a su madre.

¿No creéis que hay que recuperar el lado generoso y positivo del parto clásico, asistido únicamente por la matrona, en casos eutócicos, reviviendo los lazos de amistad que se creaban entre la mujer y nosotras? ¿No creéis que deberían volver los tiempos, de siglos, de milenios, en los que la matrona era parte importante de la sociedad y participaba en la vida de las familias?

Yo tuve la dicha de alcanzar los últimos años de tal situación, cuando la llegada de la matrona a la casa era siempre acogida con optimismo y esperanza, cuando una se sentía querida y respetada por aquellas gentes que confiaban en ti, en tu ayuda, en tus cuidados, seguros de que no pasaría nada malo.

El papel actual de la matrona en el parto

Quien dirige el parto no da explicaciones a la parturienta ni a la familia de esta ni mucho menos se las dará a la matrona, que es el «último mono» del numeroso equipo tocológico.

Desde luego, ninguna matrona moderna puede aspirar a la recompensa moral con que las mujeres y su familia premiaban nuestros desvelos.

Actualmente, para la mujer y su familia, la matrona es un ser anónimo sin nombre ni rostro conocido; en el escaso tiempo que dura el parto no la trataron apenas, no tuvieron ocasión de fijarse si era rubia o morena, joven o vieja...

Fue una de las figurasdesdibujadas que pululaban, manejando aparatos e instrumentos, alrededor de la cama de la mujer, ni siquiera se enteraron de cuál era su misión en el hospital y quizás se sintieron incómodos si fue una matrona quien asistió el parto dolidos de que el doctor no lo hubiera hecho personalmente, como era debido, y hubiera delegado en una empleada de categoría inferior.

Me conmovió el hecho de que las matronas organizadoras de un reciente congreso lo hubieran calificado como el de la «cariñoterapia», reconociendo que la mujer de parto necesita cariño, algo que las matronas clásicas suministrábamos siempre a manos llenas.

Claro que entonces esto era muy fácil: no había que someterse a órdenes que difícilmente pueden ser ejecutadas cariñosamente en un ser de sensibilidad como la propia, podíamos asistir el parto como nuestra conciencia nos aconsejara y, generalmente, nos absteníamos de drogas y maniobras que pudieran, aunque fuera muy lejanamente, perjudicar al niño, a la mujer o al normal desarrollo del parto.

Aprovechábamos las pausas entre contracciones para charlar con la mujer de otras cosas, como dos amigas

Aunque nada más hubiera la sospecha de posibles secuelas de cualquier acción, no la llevábamos a cabo.

Por ejemplo, la episiotomía, que hoy se practica de manera rutinaria, haga falta o no; las matronas antiguas lo pensábamos mucho y luego no la hacíamos a menos que no fuera absolutamente precisa, en cuyo caso nos contentábamos con un solo piquete y no las amplísimas episiotomías actuales que tardan mucho en cerrar y suelen ser dolorosas, molestas y, en opinión de las puérperas, «lo peor del parto».

En cambio, aprovechábamos las pausas entre contracción y contracción para charlar con la mujer de otras cosas, como dos amigas: del nombre que iban a poner al niño, de si preferían que fuera niño o niña, de la ropita que habían comprado... dando por sentado que el parto iba a ser un éxito.

Era una buena profesión la de matrona, y se podían dar por bien empleadas las noches sin dormir, de no poder disponer con seguridad del tiempo libre y las caminatas para ir a visitar cada día a la puérpara para asegurarnos de la normalidad del puerperio y pasar a ser confidente e instructora en la primera semana de su maternidad, con las mamás noveles que, en la mayoría de los casos, no saben resolver las situaciones por su natural inexperiencia.