Tu bebé es un mamífero

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Tu bebé es un mamífero

Este artículo ha sido extraído y adaptado del muy recomendable libro El bebé es un mamífero de Michel Odent (Ob Stare)

Hasta una fecha reciente, solamente algunos pioneros habían hecho alusión en algunas ocasiones a las consecuencias a largo plazo de la manera como nacemos. Pero nuestra preocupación primordial y casi exclusiva era que tanto la madre como el bebé salieran con vida del período que rodea el nacimiento.

Súbitamente, a finales del siglo XX, hemos ampliado nuestros horizontes gracias a la aportación de nuevas disciplinas científicas emergentes que nos han proporcionado respuestas a una pregunta hasta entonces inédita. La glorificación y la promoción del amor eran temas relevantes planteados con frecuencia, por supuesto. Pero hasta entonces nadie había formulado todavía la pregunta primordial: «¿Cómo desarrollamos la capacidad de amar?». De modo que la «cientificación del amor» supuso el despertar de conocimientos intuitivos que hasta entonces no se habían puesto de manifiesto, y nos permitió interpretar algunas de las probables consecuencias a largo plazo de lo que sucede en el período «crítico» de nuestro paso de la vida intrauterina a la vida extrauterina.

Durante los seis meses que pasé como «externo», en 1953, en una maternidad de París nunca oí hablar de que ninguna madre pidiera poder tener a su bebé junto a ella, piel con piel, inmediatamente después de haber dado a luz.

El condicionamiento cultural en el que nos hallábamos inmersos —debido a la influencia de creencias y rituales milenarios— era demasiado poderoso.

La comadrona cortaba rápidamente el cordón y entregaba el bebé a la persona encargada de ocuparse de él. Además, durante la estancia en la maternidad, los recién nacidos permanecían en el nido, separados de sus madres.

A nadie se le ocurrió que pudieran estar juntos en una misma habitación. Se siguió manteniendo este protocolo tradicional hasta el momento en el que las disciplinas implicadas en «la cientificación del amor» descubrieron que el recién nacido necesita a su madre.

¿No es este el descubrimiento más importante de la segunda mitad del siglo XX?

Ahora se está concretando un nuevo salto hacia adelante, más repentino y espectacular si cabe que el anterior. Se trata de «la revolución microbioma». La revolución microbioma es una consecuencia inmediata de los avances técnicos.

Hasta una época reciente, los bacteriólogos únicamente podían llevar a cabo sus investigaciones con la ayuda de microscopios y cultivos de microbios en cajas de Petri. Pero sus horizontes han sido ampliados considerablemente gracias a los análisis informáticos y a las nuevas técnicas de «secuenciación del ADN»: existe un numeroso grupo de bacterias visibles al microscopio que no pueden ser cultivadas porque se desconocen las condiciones necesarias para favorecer su crecimiento. Ahora, los bacteriólogos pueden ver «la mayoría invisible».

Así pues, actualmente podemos presentar a Homo Sapiens como un ecosistema en el que se da una constante interacción entre centenares de billones de micro-organismos que colonizan nuestro cuerpo (el «microbioma») y los billones de células producto de nuestros genes (el «huésped»).

La bacteriología moderna nos permite súbitamente comprender que la salud y los comportamientos de los humanos se ven influidos en gran medida por el microbioma, especialmente la flora intestinal y la flora cutánea.

Se acepta, por ejemplo, que la flora intestinal representa el 80% de nuestro sistema inmunitario.

En este contexto, resulta urgente comprender que «venir al mundo» es entrar en el mundo de los microbios, y que el microbioma humano se establece en gran parte durante el breve período inmediatamente posterior al nacimiento.

Disponemos actualmente de numerosos datos sobre la flora intestinal, la flora cutánea, la flora bucal y el microbioma de la leche que nos sugieren esta interpretación.

La perspectiva inmunológica confirma que el período del nacimiento es un período crítico en tanto que fase inicial de interacción entre el huésped y el microbioma.

Una vez establecido, el microbioma puede ser considerado como un aspecto de la personalidad difícil de modificar de forma duradera.

La bacteriología moderna nos lleva inevitablemente a observar que es precisamente el período del nacimiento la fase de la vida moderna que ha sufrido más cambios radicales.

Debemos recordar que hasta una época reciente todos los bebés humanos nacían por la vía perineal, cuya característica es su riqueza en microorganismos.

Además, habitualmente nacían en el lugar donde transcurría la vida cotidiana de la madre. De modo que el cuerpo del recién nacido era colonizado inmediatamente por microbios familiares para el sistema inmunitario de la madre. Este hecho es esencial, puesto que una de las características de la placenta humana es su capacidad de transferir hacia el bebé anticuerpos. Es importante que el cuerpo del bebé sea colonizado en primer lugar por microbios familiares, por lo tanto, amigos.

Ahora bien, hoy día la mayoría de los bebés no nace en un entorno familiar para la madre. Además, una proporción cada vez mayor de la población no nace por la vía vaginal y/o se le administran antibióticos durante el período que rodea el nacimiento.

En este contexto, la bacteriología actual hace probables las profundas y rápidas transformaciones que se están dando en nuestra especie. Estas transformaciones son aún más verosímiles por las aportaciones de la epigenética, disciplina científica emergente que nos está ayudando a aceptar el hecho de que los caracteres adquiridos pueden ser transmitidos a las siguientes generaciones. En este contexto, cabe esperar que se produzcan cambios en la frecuencia relativa de determinadas enfermedades o patologías. Concretamente, dada la importancia de las funciones inmunológicas de la flora intestinal y de la flora cutánea, es probable que se produzca un aumento continuado de desajustes del sistema inmunitario.

Un gran número de estudios incluidos en nuestro banco de datos (www.primalhealthresearch.com) confirma esta preocupación. Nuestro banco de datos está especializado en los estudios epidemiológicos que exploran las posibles correlaciones entre lo sucedido en el «período primal» (que comprende la vida fetal, el período perinatal y el año siguiente al nacimiento) y lo que sucederá más tarde con respecto a la salud y a los rasgos de la personalidad.

El concepto de ‘desajuste del sistema inmunitario’ nos lleva a pensar de entrada en las enfermedades alérgicas. Los resultados de una gran diversidad de estudios sobre el asma y las enfermedades alérgicas convergen significativamente, señalando que el nacimiento por cesárea supone un factor de riesgo para las mismas.

Debemos subrayar, además, que varios estudios confirman la correlación existente entre las condiciones en las que se produce el nacimiento y las enfermedades alérgicas, correlaciones que la perspectiva bacteriológica está en condiciones de interpretar.

Según los resultados de un estudio holandés, el nacimiento en casa (es decir, en un entorno bacteriológico familiar) está asociado a un riesgo reducido de incidencia del asma y demás enfermedades alérgicas, en comparación con el nacimiento vaginal en un ambiente hospitalario.

Un estudio finlandés nos proporciona datos reveladores: la administración de probióticos a la madre al final del embarazo y al recién nacido únicamente ejercen un efecto protector en los bebés nacidos por cesárea.

Mencionemos además que la administración de antibióticos en el período alrededor del nacimiento supone un factor de riesgo no solo para el asma, sino también para las infecciones agudas debidas a bacterias resistentes a los antibióticos.

De hecho, el desajuste del sistema inmune está involucrada en muchas patologías. Debemos citar, concretamente, las enfermedades autoinmunes que se desarrollan cuando el sistema inmunitario desajustado se dirige hacia un objetivo equivocado y destruye algún tipo de células del propio individuo. Es el caso, por ejemplo, de la diabetes tipo 1, en la que las células pancreáticas son las que se convierten en el blanco. Resulta significativo que el nacimiento por cesárea suponga un factor de riesgo para este tipo de enfermedad, que se da cada vez con más frecuencia.

De hecho, actualmente estamos en condiciones de interpretar de forma plausible los resultados de estudios que nos muestran hasta qué punto en una gran diversidad de enfermedades o patologías la privación microbiana en el momento del nacimiento supone un factor de riesgo.

Es el caso, por ejemplo, de estudios sobre la obesidad, tanto infantil como adulta puesto que se ha demostrado claramente que las personas obesas sufren alteraciones en su flora intestinal. Según muestra un estudio danés, la falta de diversidad en el microbioma comporta una tendencia a la adiposidad, a la resistencia a la insulina y a respuestas inflamatorias exageradas.

Digamos que, en términos generales, un microbioma carente de diversidad es patógeno en sí mismo.

A título de ejemplo podríamos citar que la flora intestinal de los bebés que sufren cólicos es de escasa diversidad.

Y ello nos lleva a subrayar también que la flora intestinal de los niños nacidos por cesárea se caracteriza precisamente por la falta de diversidad. Lo mismo le sucede a los niños a quienes se ha administrado antibióticos en el período perinatal.

Esta visión de conjunto de las aportaciones que nos brinda repentinamente la revolución microbioma me ha parecido indispensable para ubicar la cientificación del amor en la historia de nuestra comprensión de las consecuencias a largo plazo de la manera de nacer. La cientificación del amor nos obligó a reflexionar sobre la liberación, ahora facultativa, de las hormonas del amor durante un período eminentemente crítico en el establecimiento del vínculo entre la madre y el bebé. La revolución microbioma nos incita hoy a destacar algunas cuestiones sobre un aspecto crucial de la privación microbiana que sufre el ser humano moderno.

Para saber más

El obstetra Michel Odent fue el primer médico que introdujo en un hospital público el concepto de parto natural.

En su anterior libro La cientificación del amor (Ob Stare) nos obligó a reflexionar sobre la liberación, ahora facultativa, de las hormonas del amor durante un período eminentemente crítico en el establecimiento del vínculo entre la madre y el bebé.

En el bebé es un mamífero, nos incita hoy a destacar algunas cuestiones sobre un aspecto crucial de la privación microbiana que sufre el ser humano moderno.

Aquí encontrarás una interesante entrevista suya:

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