Eres el lugar más acogedor

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Eres el lugar más acogedor

Este texto ha sido extraído y adaptado del recomendable libro El concepto del Continuum, de Jean Liedloff (Editorial OB STARE)

El recién nacido que llega al mundo con la placentera experiencia de haber tenido una serie de expectativas que han sido colmadas en el útero, esperará o, con más exactitud, tendrá la certeza de que sus nuevas expectativas también serán satisfechas.

¿Qué ocurre a continuación? A lo largo de decenas de millones de generaciones, lo que ha ido ocurriendo es el trascendental cambio de abandonar el entorno totalmente vivo del interior del cuerpo de la madre para ir a otro entorno exterior solo parcialmente vivo.

Aunque el cuerpo de la madre, que se lo ha dado todo, siga estando ahí, así como sus acogedores brazos –desde que el ser humano tiene las manos libres al andar erguido–, el bebé siente el contacto del extraño e inánime aire en su cuerpo. Pero está preparado; estar en brazos de su madre es para él el lugar esperado, en lo más recóndito de su ser sabe que es su lugar, y lo que experimenta mientras está en brazos es aceptable para su continuum, satisface sus necesidades actuales y contribuye adecuadamente a su desarrollo.

La cualidad de este conocimiento es muy distinta de cómo será más tarde. El bebé no puede clasificar sus impresiones de cómo son las cosas.

Se siente bien o se siente mal. A esta temprana edad tiene unas necesidades muy estrictas. Si el bebé se siente ahora incómodo, no puede esperar sentirse a gusto más tarde. Cuando su madre lo deja, no puede sentir que ella volverá enseguida; el mundo se ha convertido para él de pronto en un lugar inhóspito, las condiciones son intolerables. Oye y acepta su propio llanto, pero aunque su madre conozca el sonido y su significado desde tiempos inmemoriales, así como el niño o el adulto que lo oye, él no lo conoce.

Solo siente que es una actuación positiva para obtener lo que desea.

Pero si se le deja llorar durante demasiado tiempo sin hacerle caso, si la respuesta que intenta provocar no llega, aquel sentimiento también acaba desapareciendo dando paso a un mundo absolutamente desangelado carente de un sentido del tiempo o de esperanza.

Cuando su madre vuelve, él sencillamente se siente bien; no es consciente de que ella se ha ido por un rato ni recuerda haber llorado. Se reconecta a su único medio de contacto y el entorno satisface sus expectativas. Pero cuando es abandonado y cortado de este continuum de una experiencia correcta, nada es aceptable y nada es aceptado. Todo cuanto existe son sus deseos; no hay nada que pueda usar, nada con lo que pueda crecer, nada con lo que llenar su necesidad de experiencias, ya que estas deben ser las esperadas, y en la experiencia evolutiva de sus antepasados no hay nada que lo haya preparado para que lo dejen solo, esté dormido o despierto, y menos aún para llorar sin que los que se ocupan de él le respondan.

La convicción de ser bienvenido

El sentimiento adecuado para un bebé que está en contacto con el cuerpo de su madre es una sensación de bienestar o de esencial dicha. La única identidad positiva que puede conocer siendo el animal que es se basa en la premisa de que se encuentra bien y de que es valioso y bienvenido. Sin esta convicción, un ser humano de cualquier edad está mutilado por la falta de confianza, espontaneidad y armonía, por un incompleto sentido de sí mismo. Todos los bebés son valiosos, pero solo pueden saberlo a través del reflejo, por el modo en que son tratados. Para un ser humano no hay ningún otro modo visible de sentirse a sí mismo, cualquier otra clase de sentimiento no sirve como base para el bienestar.

El bienestar es el sentimiento básico sobre uno mismo adecuado a los individuos de nuestra especie. Una conducta que no estuviera condicionada por el sentido de nuestro propio esencial bienestar no sería la conducta para la que hemos evolucionado y, por lo tanto, no solo desperdiciaría millones de años de perfeccionamiento, sino que sería inadecuada para cualquier relación que mantuviéramos con nuestro yo o con el exterior. Sin esta sensación, uno carece del sentido de hasta qué punto puede reclamar consuelo, seguridad, ayuda, compañerismo, amor, amistad, cosas, placer y dicha. Una persona sin esta sensación siente a menudo que en su vida hay un espacio vacío en el que debería estar.

Pasamos gran parte de la vida buscando solo la prueba de que existimos. Los pilotos de coches de carreras, alpinistas, héroes de guerra y otras personas temerarias a las que les gusta jugar con la muerte solo están intentando sentir que en realidad están vivos. Pero sacudir el instinto de conservación solo estimula de una forma muy débil y temporal la cálida y estable corriente del sentido del yo que les falta.

El atractivo de los bebés y los niños necesita ser, sin duda, una fuerza poderosa; sin esa fuerza no tendrían ninguna ventaja para compensar las muchas desventajas que tienen al ser entre los adultos seres pequeños, débiles, lentos, indefensos, inexpertos y dependientes. Su atractivo impide que tengan que competir con los adultos y atrae la ayuda que necesitan.

En los bebés son tan fuertes los elementos que despiertan ternura que estos funcionan traspasando las fronteras entre las distintas especies como ninguna otra cosa. La cría de un animal despierta una respuesta maternal en todos nosotros, hombres, mujeres y niños: deseamos acariciarla y obsequiarla, protegerla y cuidarla, tanto si es una morsa recién nacida como una cría de elefante o de tigre o un ratoncillo de un día de vida. Las señales están ahí: la inocente indefensión, el suavísimo pelo, pelaje o plumas; la cabeza de mayor tamaño que la de los adultos en proporción al cuerpo; el descoordinado entusiasmo y la ciega confianza. Y en cada uno de nosotros existe el mecanismo de respuesta que nos hace ser tiernos en el acto y que nos infunde el deseo de satisfacer los deseos de aquella cría, aunque su objetivo sea el de volverse grande y fuerte y convertirse en nuestro enemigo natural.

Y también ocurre lo contrario: un bebé despierta una respuesta tan tierna en una manada de lobos que una de las lobas se encargará de llevárselo a su guarida, mantenerlo caliente y amamantarlo, aunque el bebé le meta un dedo en el ojo, aparte a sus crías y tire de la cola al lobo macho. Los grandes perros y los pequeños gatos adoptan un papel maternal y tolerante con los bebés humanos y con las crías del otro. Los cazadores primitivos, después de matar a un animal, solían llevar a la cría huérfana a su casa para que su esposa la amamantara gustosamente.

Evidentemente, no es necesario que sea la madre biológica la que desempeñe el papel maternal de satisfacer las necesidades del bebé, ni tampoco que la madre sustitutiva sea una mujer o un adulto, excepto en el momento de alimentar al bebé. El papel materno, el único que puede relacionarse con un bebé durante sus primeros meses de vida, es asumido instintivamente por los padres, los niños y cualquier persona que se relacione con el pequeño, aunque solo sea por un momento. Al bebé no le interesa el sexo o la edad de quien lo atiende. Para él, solo existe un tipo de relación posible, y en cada uno de nosotros hay una serie de respuestas a sus señales.

La huella de la primera impresión

El período inmediato al nacimiento es la etapa más impresionante de la vida fuera del cuerpo materno. Aquello con lo que un bebé se encuentre será lo que él sentirá que la naturaleza de la vida es. Cada impresión recibida después de aquel período solo podrá matizar, en mayor o menor grado, la primera impresión recibida cuando no tenía ninguna información previa sobre el mundo exterior. Sus expectativas son las más inflexibles que jamás tendrá. El cambio que experimenta al abandonar la completa hospitalidad del útero es enorme, pero, como ya hemos visto, llega preparado para dar el gran salto del útero a su lugar: los brazos de su madre. Pero no está preparado para dar ningún salto mayor de cualquier clase, y menos aún un salto a la nada, a lo sin vida: a una canasta con ropa o a una caja de plástico sin movimiento, sonido, olor o sensación de vida. Es lógico que la violenta separación del continuum madre-hijo, establecido de una manera tan intensa durante la etapa uterina, pueda causar depresión en la madre o intenso sufrimiento en el bebé.

Cada terminación nerviosa bajo la piel recién expuesta del bebé desea intensamente el abrazo esperado; todo su ser, el carácter de todo cuanto él es, le conduce a ser sostenido en brazos. Durante millones de años, los recién nacidos han mantenido un estrecho contacto físico con sus madres en el momento de nacer. Durante las últimas centenas de generaciones, algunos bebés han sido privados de esta importantísima experiencia, pero este hecho no ha disminuido la expectativa de cada nuevo bebé de que se encontrará en su lugar correcto.

Dejar que tomen la iniciativa

Educar, en sentido original, es dirigir, pero aunque esto tenga algunas ventajas sobre la interpretación más extendida de “machacar algo para que entre en la cabeza”, ninguno de estos medios es consecuente con las expectativas evolucionadas del niño.

Ser dirigido o guiado por una persona mayor equivale a interferir en el desarrollo del niño, ya que lo aleja de su eficaz camino natural para llevarlo a otro que no lo es tanto.

La suposición de una sociabilidad innata está reñida con la extendida y universal creencia del mundo civilizado de que los impulsos del niño necesitan ser dominados para que este sea social.

Hay quienes piensan que para dominarlo es mejor razonar con él y suplicarle que coopere que amenazarlo. Pero la suposición de que la naturaleza de los niños es antisocial, que debe ser manipulada para que pueda ser aceptado socialmente, está relacionada con los dos puntos de vista y los que están entre esos extremos.

En las sociedades contiinuum, como la yecuana, si hay algo que sea fundamentalmente ajeno a nosotros es esta suposición de sociabilidad innata. Es partiendo de esta suposición y sus implicaciones que puede entenderse el aparente insalvable espacio que existe entre su extraña conducta, resultando un alto grado de bienestar, y nuestros cuidadosos cálculos, con un grado bajísimo de bienestar.

Ofrecer a un niño más o menos ayuda de la que pide es perjudicial para su desarrollo. Por tanto, las iniciativas exteriores, o la guía no solicitada, no son acciones positivas para él. La curiosidad y el deseo de un niño de hacer cosas por sí mismo son la definición de su capacidad de aprender sin sacrificar ninguna parte de su desarrollo. Guiarlo solo aumentará determinadas habilidades a expensas de otras.

La verdadera sociedad del bienestar

Una comunicación para crecer. Un niño ha de poder oír conversar a los adultos y relacionarse con niños de su edad para comunicarse a su propio nivel de intereses y desarrollo. Es vital que se relacione con personas mayores que él para tener un sentido de adónde va antes de llegar.

Mejorando juntos. Las actividades de un niño necesitan recibir aceptación y ejemplo. Una sociedad que no se los ofrezca reducirá la eficiencia y sociabilidad de sus miembros.

Sin brechas generacionales. Si los jóvenes no se enorgullecen de ser como sus mayores, la sociedad ha perdido su continuum, su propia estabilidad, estará cambiando constantemente de una insatisfactoria serie de valores a otra.

Distintas generaciones deberían poder vivir bajo el mismo techo en provecho de todos.

El poder de la cooperación. Las familias deben mantener un estrecho contacto entre ellas, y todo el mundo, durante su vida laboral, debería de tener la oportunidad de gozar de compañerismo y cooperación. Una mujer sola se ve privada del estímulo social y necesita el apoyo emocional e intelectual que los hijos no pueden darle.

Compartir tareas con amigos o vecinos. Cuando los adultos realizan actividades juntos, los niños se inventan sus propios juegos o se unen a la actividad sin que los adultos les presten más atención de la necesaria, descubriendo sus propios intereses sin sentirse presionados. Todo el mundo se comporta con naturalidad y espontaneidad.

Aprovechar su potencial. Los niños deberían poder acompañar a los adultos casi a todas partes. En culturas como la nuestra, las escuelas podrían aprender a aprovechar plenamente la tendencia de los niños a imitar y practicar habilidades por iniciativa propia en lugar de enseñárselas.

Para saber más

Jean Liedloff (1926-2011) estudió a dos tribus de la selva venezolana, los Yecuana y los Sanema. Sus observaciones cristalizaron en este recomendable libro, un clásico del valor del contacto continuado en la crianza.

No quiso ser redactora de una revista, ni modelo, ni obtener un título universitario. Jean Liedloff viajó en cinco ocasiones a la selva amazónica para estudiar unas tribus que seguían viviendo en la Edad de Piedra. Allí se gestó el concepto del continuum:

“Ahora es el intelecto el que nos dicta las órdenes; nuestro sentido de lo que es bueno para nosotros ha sido minado hasta tal punto que (...) no podemos distinguir un impulso original de otro distorsionado”.

Según este concepto, para un adecuado desarrollo físico, mental y emocional, los humanos necesitamos de aquellas experiencias para las que nuestra especie se ha adaptado durante toda nuestra evolución. Para un bebé son:

  • contacto permanente con la madre o un cuidador desde el nacimiento
  • lactancia a demanda
  • estar en brazos hasta que comience la fase de gateo
  • atender sus necesidades sin emitir juicios, mostrar descontento o invalidar sus necesidades.

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