"He sabido dar los besos que no recibí"

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"He sabido dar los besos que no recibí"

Soy la tercera de tres hermanos y la única niña. Mi familia era de clase media; no pasábamos estrecheces porque tanto mi madre como mi padre trabajaban. Al volver del colegio nos cuidaba una vecina mientras mi madre no llegaba, cansada, supongo, y con toda la casa por tirar adelante.

No la culpo, pero en mi familia no se prodigaban ni los besos, ni los abrazos, ni los achuchones. Tampoco las risas. Me recuerdo a mí misma persiguiendo a mi madre por toda la casa, o colgada de sus faldas, molestando.

También el drama de no querer ir al cole, al médico, de tener que dar un beso sí o sí a tío Emilio...

Ya de adulta he tenido la sensación de ir mendigando amor también en mis relaciones, hasta llegar a la maternidad. Me costó mucho tomar esa decisión.

Cambiar el papel de receptor por el de emisor de amor me parecía tan difícil.

¡Cómo podría enfrentarme al llanto de mi hijo y a sus reclamos, a la casa, al trabajo! Y, efectivamente, el nacimiento de mi primer hijo supuso un momento crucial en mi vida.

Lo primero que supe en cuanto lo tuve entre mis brazos es que no podía soportar el llanto de un niño, y menos el de mi bebé.

Ahora tengo dos hijos,y sé que si me reclaman es porque me necesitan.

Estoy convencida de que mis besos, mis abrazos y las noches compartidas no van a malcriarlos; sé que les estoy dando mi regalo más preciado: amor incondicional.

Clara Fernández