Nacer y mamar con placer

Nacer y mamar son actos fruto de un instinto mamífero grabado en el cerebro primitivo. Y suceden de forma fluida y placentera si no se interfiere en un proceso fisiológico y biológico perfectamente diseñado.

El modo en que se desarrolla el parto influye mucho en el inicio de la lactancia, en su duración y en que se produzcan o no dificultades.

La clave para un buen comienzo es el contacto piel con piel inmediato e ininterrumpido tras salir del útero. Esto requiere no interferir en la interacción madre-bebé, no separarlos, no utilizar luces potentes, no permitir que lo toquen personas diferentes de la madre, posponer la mayoría de maniobras –como pesarlo, medirlo y ponerle pomada en sus ojos o inyecciones– y colocar al bebé desnudo sobre el pecho desnudo de la madre para que empiece a oler, lamer, tocar... Así, sin ayuda, reptando y explorando, llega a colocarse junto al pezón.

Todos los bebés humanos, salvo que estén enfermos, están diseñados para efectuar este “baile amoroso”, como lo llaman algunos científicos, y comenzar a mamar en perfecta posición. Si la madre sufre estrés en el parto, si no hay intimidad, calor y silencio, o se separa al bebé, esto no sucede.

Detener el inmenso torrente de hormonas que produce la mujer en el momento del parto también interfiere en ese inicio instintivo de miradas amorosas, olfato, tacto y abrazo.

Eso ocurre cuando se administra a la mujer oxitocina artificial para acelerar las contracciones sin ser necesario. Este fármaco frena la secreción natural de la oxitocina endógena, también llamada hormona del amor, que, unida a la adrenalina del último momento del parto, prepara a ambos para ese encuentro.

Las guías clínicas actuales aconsejan no ponerla salvo necesidad e intentar antes otras formas de reanudar un parto detenido. Algunos fármacos sedantes y/o anestésicos administrados por gotero, o la epidural, según el tipo de fármacos y la dosis, pueden hacer que el bebé nazca con los reflejos menos reactivos.

No inhibir la expresión espontánea de “descontrol” de la mujer en la última fase del parto –al inicio de la salida del bebé–, dejándola adoptar la postura que desee y expresarse con libertad y sin hablarle, ayuda a ese flujo de hormonas.

El paso del predominio de hormonas relajantes al de la adrenalina aumenta la fuerza instintiva para empujar, la receptividad al olor del bebé y la dilatación de la pupila de ambos para mirarse.

Al bebé, además, eso le ayuda a encontrar el pezón.

Incluso si han habido dificultades

Cuando ha habido necesidad de ayudar con un cambio de postura, el uso de instrumentos como la ventosa o el fórceps o una cesárea, no hay motivo para no poner al bebé inmediatamente piel con piel con su madre, salvo que alguno de los dos no esté en condiciones.

Si se ha de suturar, también se hará silenciosamente, sin molestarlos.

Crear esa atmósfera de silencio, calor e intimidad permite un inicio y una vivencia de la lactancia y la crianza desde el deseo y el bienestar.

Actualmente, los protocolos médicos más avanzados recomiendan no intervenir en el parto sin motivo.

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