Ser papá no es fácil

Actualizado a

Este artículo ha sido extraído y adaptado del muy recomendable libro Ser papá, (volumen I) de Armando Bastida (Ob Stare)

Tener un hijo es relativamente fácil. Ser padre, no. No lo es porque nadie te prepara para ello y nadie te enseña cómo hacerlo. Como mucho te dicen aquello de que tienes que aprovechar para dormir porque luego no lo podrás hacer o te aconsejan que aproveches su infancia porque crecen rápido; pero a la hora de la verdad, todo se pone patas arriba quieras o no, porque un bebé es un ser totalmente dependiente, que podría incluso definirse como egoísta si tenemos en cuenta que solo piensa en su bienestar y poco le importa que las ojeras nos lleguen al suelo.

Dicho así suena negativo, un comportamiento a modificar mediante una educación basada en enseñarle que no puede tenerlo todo en la vida. Sin embargo, si no nos quedamos en la superficie, si miramos más allá, podemos llegar a comprender que todo lo que un bebé puede llegar a hacer no es más que una segunda oportunidad que nos da la vida para entender quiénes somos, de dónde venimos y qué es lo realmente importante.

Por eso, al nacer mi hijo mayor, que ahora tiene 11 años, decidí esforzarme en entender su manera de ser y decidí abrir mi mente a la posibilidad de que el que estaba equivocado era yo, y no él. Así opté por criar y educar, a él y a sus hermanos, de la manera que consideré mejor, pese a no ser siempre del agrado de la mayoría de la sociedad.

Y lo curioso, después de tantos años, es que no sé si es la buena. Ni siquiera considero que mi verdad sea LA VERDAD. Pero es tanto lo que he aprendido en todo este tiempo, con mis tres hijos, y con Miriam, que una manera de plasmarlo es a través de este libro y los dos siguientes. Tres libros que constituyen la suma de todo lo que como padre habría querido leer o escuchar al serlo.

Los niños no están de moda

Estamos en un momento social en el que las personas que realmente importan son las comprendidas en una franja de edad bastante limitada. Los niños no cuentan, la adolescencia parece ser una enfermedad, si tienes 45 años o más ya no sirves para trabajar y a partir de la jubilación, momento en el que tenías pensado descansar y vivir la vida con los ahorros que has ido recolectando (o no), resulta que tienes que ejercer de abuelo y cuidar de los nietos, hacer los recados, la comida para toda la familia y soportar que solo eres importante una vez cada cuatro años, cuando los políticos se acuerdan de ti para conseguir tu voto.

Centrándonos en los niños, está claro: no están de moda. Tener un bebé sí, ojo. Tener un bebé sí, porque el embarazo, el parto y los recién nacidos difícilmente pasarán de moda al ser considerado todo un acontecimiento familiar y social. Sigue siendo algo que ilusiona a los padres embarazados (aunque la embarazada solo es la madre) y algo que alegra a familiares y conocidos, que quieren estar al tanto de las novedades, quieren ver las ecografías, quieren saber qué día es la fecha probable de parto para marcarlo en el calendario y preguntarle a la madre: «Qué, nena, ¿ya?» y desesperarla: «Qué, nena, ¿todavía no? Anda, vete al médico a ver qué te dicen, que no es normal» y quieren estar el día del parto de cuerpo presente para celebrar el nuevo acontecimiento con los padres.

Esos días el bebé es el auténtico protagonista, es esa «cosita preciosa» al que todos quieren coger, fotografiar y ver y esas primeras semanas son la pareja del momento y apetece ir a verlos a casa porque ya son uno más y sus vidas han cambiado por completo.

Sin embargo, a medida que pasan los días, la novedad ya no lo es tanto y el bebé empieza a entrar en la zona oscura en que va pasando de ser esa cosa bonita que todos quieren coger a esa cosa pequeña que duerme mal, que no deja dormir, que hace prisioneros a sus padres, y sobre todo a su madre, al que hay que buscarle solución para que madure lo antes posible (o para que moleste lo menos posible).

No sucede siempre ni con todos los padres, pero son muchos los que piden solución porque su bebé llora, porque no duerme toda la noche y preguntan por algo que puedan darle o hacerle, porque se mueve mucho y parece hiperactivo y no siempre se quedan satisfechos con la típica y manida frase que dice: «Es que son niños, los niños hacen estas cosas».

En referencia al secuestro materno, durante los primeros meses es una suerte que la madre pueda hacerse cargo de su bebé. Incluso es genial que pueda alargarse unas semanas la baja maternal. Ahora bien, si la cosa se alarga, son muchas las voces que preguntan: «¿Cuándo volverás a trabajar?», que opinan: «No sé cómo puedes estar todo el día con él» y que acaban por olvidarse un poco de la madre porque «como ahora eres una supermadre...». Dicho de otro modo, los niños no están de moda porque a la gente le encanta decirte que lo mejor a lo que puedes aspirar es a formar una familia (lo contentos que se ponen todos cuando les dices que estás esperando un bebé), pero luego cuando lo tienes, enseguida te dan la espalda porque los niños donde tienen que estar es con otra persona, que tú tienes que trabajar, producir, consumir, realizarte y salir al mundo a defender tus derechos y luchar por la igualdad. Es decir, que lo socialmente bien visto y valorado es que como mujer y madre, como hombre y padre, trabajes, aunque tengas hijos, mientras que lo que merma el estatus y hace que tu imagen a nivel social se vea embarrada es quedarte en casa cuidando de los niños. («Encerrada en casa y en la cocina para cuidarlos, como hicieron nuestras abuelas», se suele decir).

Y esta imagen de los niños, como seres que deberían ser criados y educados por terceras personas (para eso están las guarderías y colegios, entiende la gente), les hace daño, porque nadie piensa en ellos. Las ayudas para los padres se han ido esfumando, casi una quinta parte de los niños españoles están cerca de ser pobres, los presupuestos en enseñanza se han ido recortando porque al parecer poco importa lo que puedan hacer en un colegio, el fracaso escolar es altísimo y tampoco se observa un cambio de filosofía que ayude a dar la vuelta a la tortilla. Las bajas de maternidad son ridículas, las bajas de paternidad no llegan ni a eso, las ciudades son grises y poco seguras (lejos quedan nuestras infancias, las de los niños que crecimos en las calles), los padres no tenemos tiempo para estar con los hijos y acabamos comprando su amor con objetos materiales que los convierte en seres tan superficiales como lo somos muchos adultos.

Los niños molestan en los aviones y en los hoteles y se crean espacios childfree (libres de niños), donde no tienen permitida la entrada, como si ser niño fuera una enfermedad contagiosa. Se escriben libros y recomendaciones con recetas para conseguir que el niño coma solo, duerma solo, juegue solo y que no se queje, aun cuando es un bebé. Y lo que es peor, muchos padres acaban por verse arrastrados por esta corriente de la sociedad.

No están de moda, no parece interesar que tengan una infancia feliz porque la vida es muy dura y muy perra y «Cuanto antes lo sepan, mejor» y «Qué ganas de que empiece el colegio y pasen ahí varias horas».

Repito, no es que los padres no les quieran, más bien diría que como adultos somos aún tan infelices, estamos todavía tan pendientes de encontrar estímulos y motivaciones que alegren nuestras vidas, que nos cuesta demasiado dar y sacrificar. Tener un hijo es precioso, nos da mil alegrías y nos enseña lo maravillosa que es la vida. Pero es también cansado, física y mentalmente, y da mucho trabajo y supone tener muchas responsabilidades. Si uno está pendiente de recibir aún del exterior, si aún necesita llenarse del mundo, difícilmente será capaz de dar, y los niños, mucho me temo, necesitan que les demos, que estemos ahí, que nos olvidemos un poco (o mucho) de nosotros mismos por un tiempo; y no todo el mundo se da cuenta de esto.

Yo no tardé mucho en entenderlo (y mira que muy «avispao» no soy) porque enseguida vi que si hacía las cosas como todo el mundo decía que las tenía que hacer mi hijo estaba a disgusto y yo no me sentía cómodo.

Entré en crisis, mi escala de valores entró en la centrifugadora, puse el freno de mano, me bajé del mundo («aquí os quedáis») y elegí vivir más tranquilo, más pausado, más consciente y más comprometido para dedicar a mi hijo tiempo, caricias, cariño y amor y demostrarme y demostrarle que, aunque no están de moda, los niños son, sí o sí, el futuro, y que nuestro deber como padres es tratar de conseguir que sean seres felices, humildes, honestos y respetuosos, algo que se consigue estando con ellos, respetándolos, educándolos y amándolos sin condiciones.

Ahora ya tengo tres (hijos) y son tantas las vivencias que he pasado con ellos, son tantos los momentos compartidos y tanto lo que he aprendido como padre que ahora que el mayor tiene ya once años siento la necesidad de explicar mi manera de ver la crianza y mi manera de ver la vida. Digamos que, en resumen, tengo ganas de contar todas las cosas que a mí me habría gustado leer antes de ser padre, por si alguien quiere pillarlas al vuelo y, quizás, hacer algo con ellas.

Pero no esperéis que estos sean unos libros de esos que animan a los padres a tener hijos, de los que dicen lo felices que seréis con ellos y que van a ser el remedio a todos vuestros males. De esto ya se encarga la sociedad entera, que dice muchas verdades pero oculta muchas otras sobre lo que es ser padre y madre; y luego los padres, y sobre todo las madres, se llevan una bofetada de cuidado al verse secuestradas por su propia (ilusionante) maternidad. Son solo libros con la intención de decir mis verdades: con mi rabia, mi alegría, mi sentido del humor, mi sensibilidad y mi manera de ser, que no es mejor ni peor que la de nadie, sino simplemente diferente.

Para saber más

Armando Bastida, es enfermero de Pediatría, bloguero y padre de tres hijos. Puedes encontralo también en esta entrevista que le hicimos:

Tags relacionados

Armando Bastida