"Un encuentro indescriptible"

Cuando mi marido y yo decidimos tener un hijo, todo parecía que podría funcionar con normalidad.

Un año de intento tras intento, mes a mes, todos ellos frustrados, nos hizo pensar que algo no iba bien.

Iniciamos un estudio de fertilidad para ambos que finalmente determinó que mi marido padecía varicocele. Se operó, pero nunca conseguimos un embarazo. Seguidamente planificamos una fecundación in vitro, y a pesar de que se consiguieron tres embriones sanos, ninguno prosperó. Otro intento frustrado más.

El tiempo corría en contra nuestra. Después de cinco años intentando quedarme en estado, decidimos adoptar a nuestra hija. Su nacimiento fue diferente.

Escogimos un país de habla hispana para facilitar los contactos y el papeleo. Primero nos decidimos por Perú, pero las adopciones internacionales se paralizaron por incidentes políticos.

De nuevo nos enfrentábamos a más problemas; parecía que se nos negaba el derecho a ser padres.

Reaccionamos rápido y nuestra segunda opción fue Colombia.

Pasaron tres años y medio desde que realizamos la solicitud hasta que fuimos a por nuestra hija. Durante ese tiempo perdimos a la que fue nuestra primera asignación, pero al mes y medio nos asignaron otro bebé.

Nos llamaron de la agencia de adopciones para mostrarnos sus fotos. Por fin nuestra hija tenía cara y ojos y un nombre precioso: Andrea.

En pocos días tuvimos que preparar los visados de entrada al país, los billetes y una maleta con todos los enseres necesarios para nuestra hija.

Nos subimos al avión llenos de ilusión y de esperanza. Nos esperaba un largo camino. El momento de conocer por fin a nuestra hija se acercaba. Estábamos muy nerviosos y cansados. Habíamos recorrido quince mil kilómetros y deseábamos que no surgiera ningún problema adicional.

La reunión, nada íntima, iba a ser en una sala donde había cinco personas, entre ellas los abogados y la asistente social. Sin embargo, el frío quirófano fue sustituido por una acogedora habitación adornada para una fiesta de bienvenida. Traspasamos aquella puerta que nos separaba de nuestra hija: allí estaba ella, en brazos de la asistente, la reconocí enseguida por las fotos. El encuentro fue indescriptible, emocionante. Me abalancé sobre ella y la cogí en brazos, mi marido se nos unió. Él y yo no parábamos de llorar y los tres nos fundimos en un largo abrazo. Por fin juntos para siempre. Nuestra hija, con siete meses, estaba naciendo de nuevo.

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