Un punto de transgresión

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Cuando recordamos nuestros juegos de infancia, a menudo nos vienen a la memoria aquellos momentos en los que jugábamos a transgredir la norma. Nos vemos saltando sobre la cama, tomando la nata con el dedo, llamando por teléfono a un número conocido, o desconocido, para hacer una broma...

La mayoría de las veces nos dedicábamos a estos juegos –con un cosquilleo en el estómago– a escondidas de nuestros padres o mirándolos de reojo sabiendo que estábamos metiéndonos en terreno pantanoso, por no decir prohibido.

¡Qué emoción!

Sin duda, una característica del juego es la transgresión, es decir, el placer que se genera con la sorpresa, lo inesperado y, por supuesto, lo prohibido. Que los niños jueguen a saltarse las reglas es sano y forma parte del proceso de crecimiento, siempre y cuando las conozcan y sean conscientes de sus límites.

Existen muchos juegos que podemos compartir con nuestros hijos y que se basan precisamente en la atracción por lo inusual y la complicidad:

  • Lucha de cojines. Antiguamente un jugador se colocaba encima de una silla y los demás tenían que hacerle caer o, simplemente, luchar hasta cansarse. También puede protagonizar un despertar especial en una mañana de domingo, seguida de una sesión de cosquillas.
  • Cabañas en el comedor. Necesitamos cojines, alguna sábana, acceso a las cortinas, pinzas de la ropa... Con todos estos elementos y una buena dosis de imaginación se puede construir una cabaña, un tipi indio o, simplemente, un escondite. Les encantará mostrarnos su trabajo, e incluso puede que nos inviten a merendar con ellos dentro.
  • Guerras de agua. El agua es un elemento de transgresión en sí mismo. Nuestro “¡Cuidado, no te mojes!” lo habrán oído mil veces. Podemos jugar a salpicarnos en la terraza, pasarnos globos de agua hasta que exploten, poner el dedo en la fuente del parque a ver quién moja a quién o a ver quién consigue el chorro más largo. Todos estos juegos provocarán sus risas y harán que se lo pasen en grande.

Gritar, saltar, mojarnos. Dejarnos llevar por cierto grado de locura jugando puede resultar muy liberador, siempre que seamos conscientes de su excepcionalidad.

  • Pisar charcos. ¿Nos armamos con un chubasquero, paraguas y botas de agua y vamos a descubrir el parque mojado? Pisar los charcos, mover las ramas de los árboles cuando pasa papá o mamá por debajo, construir pequeños barcos de papel y hacerlos navegar...
  • Cantar a voces o gritar. Nuestra consigna habitual es “¡Chsss, no chilles!”. Sin embargo, en algunas ocasiones podemos romper esta norma. ¿Habéis intentado hacerlo mientras pasa un tren? ¿O modular la voz como en una orquesta? Se trata de seguir las órdenes del director y subir o bajar el tono en función de sus indicaciones, alargando el grito o cortándolo de golpe. Eso sí, buscad un lugar sin vecinos y no alarguéis demasiado el juego.

Para finalizar, recordad que para poderse saltar una regla hay que conocerla bien: si los niños no saben que chillar o mojar a otras personas supone una falta de respeto, o que el sofá no es un juguete, difícilmente podrán entender y disfrutar de la transgresión de una manera sana. Son juegos mágicos precisamente por su excepcionalidad.

Para saber más

Imma Marín es especialista en juego, juguetes y educación. Preside IPA (International Play Association) en España, es asesora de la Fundación Crecer Jugando y miembro del Observatorio del Juego.

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Imma Marín