Manel Esteller, catedrático de genética: "Los alimentos modifican nuestros genes"

Más allá de que nos den energía, los alimentos poseen el poder de influir en la salud y en la longevidad. Elegirlos bien tiene aún más importancia si hemos heredado “malos genes” de padres o abuelos, para borrar esa mala memoria genética.

Manel Esteller
Dr. Manel Esteller

Catedrático de genética

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madre e hija sanas felices
ISTOCK

Los signos de edad que detectamos en el aspecto de alguien, o en nosotros mismos, no son más que un reflejo de lo que está pasando a nivel microscópico en el interior del cuerpo. En él se producen una especie de microbatallas continuas entre una porción de ADN dañado y otros elementos –genéticos y epigenéticos– que intentan repararlo. Cuando ese daño es imparable y afecta a las células es cuando envejecemos. Paralelamente, pueden aparecer enfermedades asociadas, como las cardiopatías, el alzhéimer o el cáncer. Porque a más edad, más probabilidad hay de que el ADN se dañe.

Eres... ¡lo que comieron tus padres y tus abuelos!

Hasta hace no demasiado tiempo se pensaba que todo el material genético se heredaba, que no era modificable, y que las experiencias vividas por alguien desaparecían cuando moría. Sin embargo, la Ciencia ha demostrado que hay vivencias y situaciones extremas que quedan escritas en el ADN y que este pasa, con esas escritura o marcas, a la siguiente generación (a veces repercuten más allá de tres generaciones). Es lo que llamamos epigenética transgeneracional. Por eso, una familia en las que sus integrantes tengan una clara tendencia a parecer mayores antes de tiempo –y a sufrir dolencias determinadas conforme suman años– debería echar la vista atrás e indagar sobre cómo vivieron sus padres y abuelos.

Aunque hayamos heredado “malos genes”, podemos modificarlos para lograr una vida más larga y saludable

Los fetos pueden beneficiarse –o sufrir– del ambiente al que estuvieron expuestos en el útero, e incluso al que estuvieron expuestas sus madres antes de ser engendrados. Conocemos bien, por ejemplo, el efecto de las hambrunas: los niños y niñas nacidos después de esa terrible situación viven menos. Los varones salen perjudicados, ya que pierden una media de 4 años de vida pasados los 50; la vida de las niñas se reduce en 2,5 años.

El ejemplo de los holandeses

Este dato histórico concreto sirve para entender cómo nos afecta la forma de alimentarse de nuestros mayores: los hijos de las mujeres embarazadas holandesas que sufrieron el asedio nazi y una terrible situación de hambre al final de la Segunda Guerra Mundial tenían, ya de adultos, más obesidad, más diabetes, más problemas cardiacos, más depresión... En definitiva, parecían abocados a vivir menos tiempo.

Los genes “hambrientos” heredados de padres o abuelos acortan los telómeros (esos capuchones de los cromosomas relacionados con una vida más larga). Además, hacen menos eficaces los procesos que frenan la oxidación y el envejecimiento celular (algunos de ellos utilizan una de las enzimas de la longevidad, la catalasa, para mantener el cuerpo joven y sin enfermedades crónicas que pueden reducir los años vividos). Salvando las distancias, un influjo algo parecido podría tener, en las siguientes generaciones, seguir siempre una dieta muy baja en calorías o sufrir anorexia nerviosa. La falta de alimento y de nutrientes siempre supone un estrés y una amenaza para nuestros genes.

Las consecuencias de la obesidad también pueden heredarse

La obesidad extrema, como el hambre y otras agresiones del entorno, pueden reprogramar el epigenoma de espermatozoides y óvulos (es lo que llamamos metilación en la línea germinal), haciendo que las siguientes generaciones tengan una tendencia especial a ganar peso.

Mejora esa herencia

Como vemos, nuestro metabolismo guarda una memoria que no es nuestra, y también ocurre cuando lo que heredamos son genes buenos. Las personas muy longevas tienen una variante del gen llamado FOXO3a. Esa modificación “especial” hace que supriman mejor los tumores, que tengan una buena función inmunitaria, que su ADN y sus tejidos se reparen antes, que sean más resistentes al estrés oxidativo y que hagan una correcta autofagia (el sistema de reciclaje o limpieza celular).

Si tienes muchos familiares cercanos a los 100 años, es posible que tú mismo hayas heredado esa variante; pero si no es así, serán tus hábitos de vida, y muy especialmente la alimentación, los que lograrán alargarla.

Con las calorías justas y alimentos que cuiden tu microbiota. Sabemos que las personas centenarias tienen una microbiota equilibrada, más parecida a la de los jóvenes que a la de los ancianos. Es otro detalle que cuidar.

Simula el "efecto Okinawa"

Okinawa es el nombre de una isla semitropical japonesa conocida por la longevidad de sus gentes: suelen vivir entre 90 y 100 años. Por eso, es una de las llamadas zonas azules (hay 4 más: Cerdeña, en Italia; Nicoya, en Costa Rica; Icaria, en Grecia; y Loma Linda, en California).

Sus habitantes comen poco y dan prioridad a verduras, frutas, tofu y pescado (carne solo una vez a la semana), lo que les mantiene sanos y longevos. Pero cuando emigran y adoptan costumbres occidentales (sedentarismo, ultraprocesados...) aumentan de peso y su esperanza de vida disminuye 17 años de media.

Aunque no emigren, las generaciones jóvenes están perdiendo esa ventaja genética que les permite vivir más y más sano porque están comiendo como los occidentales.