Parenting

Entender y respetar la fusión mamá-bebé

Los hijos pasan naturalmente de la fusión más absoluta con su madre a la conquista de su autonomía.

Laura Gutman

Laura Gutman

Psicoterapeuta familiar. Directora de Crianza y autora de El poder del discurso materno y La revolución de las madres.

fusion mama bebe

El recién nacido, salido de las entrañas físicas y espirituales de su madre, forma parte del entorno emocional en el que está sumergido.

Al no haber comenzado todavía el desarrollo del intelecto, conserva sus capacidades intuitivas, que están absolutamente conectadas con el alma de su mamá.

Todo lo que ella siente, lo que recuerda, lo que le preocupa, lo que rechaza... el bebé lo vive como propio. Porque en este sentido son dos seres en uno. Por lo tanto, de ahora en adelante, en lugar de hablar del bebé, podemos referirnos al “bebémamá”. Quiero decir que el bebé es en la medida que está fusionado con su mamá.

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Y para hablar de ella también sería más correcto referirnos a la “mamábebé”, porque la mamá es en la medida que permanece fusionada con su bebé.

La fusión de la madre y el bebé

Este período de fusión emocional entre el bebé y su madre se extiende casi sin cambios durante los primeros nueve meses, período en que el niño logra el desplazamiento autónomo.

A esa edad, el bebé humano alcanza el desarrollo que otros mamíferos alcanzan a los pocos días de nacer.

En este sentido podemos compararnos con las madres canguro, que llevan a cuestas a sus crías durante un período intrauterino y, luego, otro período similar extrauterino, completando el desarrollo que necesita el bebé para lograr los primeros signos de autonomía.

Crear lazos con el exterior

Este modo de relacionarse fusionalmente es común a todos los niños, y se transita lentamente.

De hecho, el recién nacido que solo está fusionado con la emoción de la mamá o la persona maternante, a medida que va creciendo y entrando en relación con los demás, necesita ir creando lazos de fusión con cada persona u objeto que ingresa en su campo de intercambio.

El bebé es en la medida en que se fusiona con los seres que se comunican con él y con los objetos de su alrededor

Así va transformándose en “bebépapá”, en “bebéhermanos”, en “bebépersonaqueseocupademí”, “bebéobjetoquetengoenlamano”, “bebéotraspersonas”, etc.

El bebé es en la medida en que se fusiona con lo que lo rodea, con los seres que se comunican con él y con los objetos que existen alrededor, que al tomarlos se convierten en parte de su propio ser.

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Esto significa que los bebés y niños pequeños son “seres fusionales”: para “ser” necesitan entrar en fusión emocional con los otros. El “ser con el otro” es un camino de construcción psíquica relativamente largo hacia el “yo soy”.

Este estado fusional de los niños se va diluyendo con el paso del tiempo, en la medida que su “yo soy” va madurando en su interior psíquico y emocional, gracias al nivel de seguridad y amparo que ha recibido en los primeros años de vida.

Entre los dos y tres años los niños inician su separación emocional

Los niños dan “el gran salto” alrededor de los dos-tres años. En este período inician naturalmente su lenta separación emocional.

Cabe destacar que un niño que ha sido separado de su madre muy tempranamente tendrá mayor tendencia a permanecer mucho más tiempo en relaciones fusionales. Es decir, a mayor fusión siendo niños, el período de exploración y separación posterior sucederá de un modo natural y feliz.

Qué sucede para que se desencadene el cambio

En el camino de separación emocional de la madre, el punto de partida hacia la constitución del “yo soy” es el desarrollo del lenguaje verbal.

Al principio, los niños hablan de sí mismos usando su nombre en tercera persona del singular: “Jordi quiere agua”. Dentro de la vivencia de la fusión emocional, está diciendo que Jordi y mamá quieren beber agua, porque son dos en uno. Finalmente, un buen día amanece diciendo: “yo”. “Yo quiero agua”.

Llegar a los tres años y organizar el pensamiento de sí mismo separado de los otros corresponde a un desarrollo importantísimo en la estructura psíquica del niño. No nos referimos solo a la adquisición del lenguaje verbal, sino a toda una concepción de sí mismo como ser separado, pudiendo interactuar con los otros.

El punto de partida hacia el “yo soy” es el desarrollo del lenguaje verbal

Éste es un momento excelente para que cada niño emprenda otro nivel de exploración, que va más allá del vínculo con su propia madre, y que lo llevará a relacionarse con el padre, los hermanos, los amigos del jardín de infancia, familiares o vecinos, gracias a su capacidad de explorar, de alejarse por su propia voluntad de la madre y regresar a ella cuantas veces lo necesite.

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El acceso al lenguaje verbal es un momento importantísimo para el niño, que ahora usará esta herramienta para comunicarse con otros quienes, a diferencia de la madre, no “adivinan” lo que le pasa. Así se abre ante el niño un abanico de experiencias muy diversas, mientras la madre lo puede acompañar, observando más que actuando.

Esta incorporación de “otros” a su mundo emocional facilita su adaptación a distintos lugares y, en general, a cualquier situación nueva, cuando la persona que lo acompaña no es la madre.

Transitar un espacio liberador

El rol de separador emocional pueden ejercerlo el padre, los abuelos, u otros familiares que amen al niño. Si no hay ninguna persona cercana que pueda asumir este papel, a veces puede ser reemplazada por un trabajo que a la madre le interese de corazón, una tarea creativa, intereses artísticos, culturales o sociales.

De este modo, si el trabajo es gratificante para la madre, ese espacio será también liberador y fuente de exploración para el niño pequeño.

La relación fusional extendida en el tiempo puede ser abusiva para el niño

En los casos en que no hay persona ni situación que ejerza la función separadora, es necesario inventarla a partir del momento en que el niño cumpla dos o tres años.

De lo contrario, la relación fusional extendida en el tiempo puede ser abusiva para el niño, ya que responde únicamente a las necesidades afectivas de la madre, que retiene al hijo para no quedarse sola, en lugar de resolver sus problemas pendientes como adulto, liberando al niño y permitiéndole transitar su propio camino.

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