Laura Gutman

Superar una mala experiencia en el parto

Si conversamos sobre lo que nos ha sucedido y logramos ser conscientes de nuestra realidad emocional, podremos hacer lo que ahora importa: cuidar a nuestro bebé.

Laura Gutman

Laura Gutman

Psicoterapeuta familiar. Directora de Crianza y autora de El poder del discurso materno y La revolución de las madres.

Superar una mala experiencia en el parto

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Superar una mala experiencia en el parto

Las experiencias de parto, dentro de las instituciones médicas donde suceden la gran mayoría de los partos en el mundo occidental, suelen ser traumáticas. ¿Es una exageración? No. Simplemente nos hemos alejado de la naturaleza.

Las mujeres hemos perdido intimidad, conexión con nuestros ritmos, confianza en nuestras percepciones, ámbitos femeninos para compartir las vivencias de la sexualidad, y hemos delegado nuestros saberes ancestrales en una serie de trámites médicos despojados de humanidad.

Una herida emocional

Es lógico entonces que terminemos más heridas de lo que suponíamos antes del parto. Sobre todo porque es probable que hayamos quedado alejadas de nuestros propios cuerpos y, en consecuencia, deprimidas después de una cierta dosis de sufrimiento.

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Estas vivencias suelen ser frecuentes, aunque las mujeres no solemos tener conciencia suficiente para relatarlas tal como las hemos vivido. Especialmente porque nadie ha nombrado la soledad o el miedo, pero sí lo felices que deberíamos estar con el bebé tan sano que hemos dado a luz.

Así pues, el primer problema es darnos cuenta de que hemos tenido un problema. En efecto, muchas veces atravesamos nuestros puerperios sin fuerzas ni ánimos, llorando o angustiadas, y creemos que no somos aptas para la maternidad.

A veces atravesamos el posparto sin fuerzas ni ánimos y pensamos que no somos aptas para ser madres

Antes de afirmar algo así, deberíamos revisar cómo ha sido nuestra experiencia real del parto. Veremos que si alguien nos hace preguntas justas y pertinentes, registraremos la distancia que hemos asumido entre nuestro ser esencial, entre nuestra fuerza, intimidad, deseo o pasión, y aquello que sucedió en la escena del parto.

Es difícil encontrar ámbitos en los que poder contar detalladamente algunas experiencias complejas ligadas a la soledad, el miedo o la presencia de recuerdos tristes pertenecientes a nuestra propia infancia que no habíamos recordado hasta el momento de parir.

Por eso es posible que nosotras mismas creamos –al estar en estado de shock– que eso mismo nos hace tergiversar la realidad.

Lamentablemente, cuando no contamos con profesionales o asistentes con la capacidad de apoyarnos cariñosamente, llevándonos hasta el fondo de nuestra realidad emocional, dejamos de percibirla.

Por otra parte, casi nadie habla de algo que también nos sucede durante los partos: soledad, frío, incomodidad, inseguridad, desconfianza, falta de intimidad o miedo.

Si las mujeres conversamos entre nosotras sobre aquello que nos acontece, “eso” que nos pasa desaparece

Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer es nombrar, escuchar, atender nuestras vivencias sin agregarles juicios de valor y darnos crédito a nosotras mismas antes de pretender que los demás nos crean.

El poder de decidir

Una vez que hemos tomado conciencia, es pertinente revisar la parte de responsabilidad que nos toca. Tal vez en su momento no asumimos la decisión de investigar sobre el trabajo de los médicos y comadronas elegidos, sobre los prejuicios, las prisas o los sistemas de atención, sobre las modalidades intrínsecas a cada ámbito hospitalario.

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En ocasiones no hemos elegido absolutamente nada. Resulta que escogemos con esmero adónde vamos de vacaciones o la marca del coche que compramos, pero no nos hemos dedicado a elegir un sistema de atención para traer al mundo a nuestro hijo.

Claramente, nos compete reflexionar sobre el tipo de asistencia que queremos recibir e involucrarnos afectivamente para que las personas que nos asistan sientan que estamos allí con un deseo definido y con nuestra potencia al servicio de una labor común.

Recursos para el futuro

Supongamos que ya hemos atravesado una mala experiencia. ¿Qué podemos hacer?

  • Mirarla dentro del panorama total de nuestra vida. Relacionarla con otras situaciones en las que hemos estado “perdidas” o no hemos tomado decisiones que nos competían.
  • Detectar con qué deficiencias comunicamos lo que deseamos.
  • Sobre todo, investigar lo suficiente para que, si volvemos a parir en el futuro, podamos disfrutar de un parto placentero, íntimo, confortable y conectado.
  • Y, por supuesto, tendremos que redoblar los esfuerzos para comprender que, aunque estemos heridas, nuestro hijo nos está esperando. Por lo tanto, no podemos desperdiciar el tiempo lamentándonos, sino que tenemos que ofrecerle los cuidados que necesita, mientras asumimos con madurez y comprensión aquello que nos ha sucedido y que no supimos prever.

La mejor manera de superar una mala experiencia en el parto es comprender qué ha sucedido. Revisar cómo nos hemos desvinculado de la responsabilidad en cada etapa, o cómo hemos permanecido en la ingenuidad de no querer enterarnos cómo suceden las cosas.

Debemos recordar que, aunque no hayamos tenido un buen parto, nuestro hijo nos necesita y nos está esperando

Solo el acceso a la realidad nos dará recursos suficientes para reparar, cambiar, mejorar y tomar decisiones a favor nuestro y a favor del niño que hemos traído al mundo.

¿Dolor o sufrimiento?

Las mujeres solemos afirmar que tenemos miedo al dolor en el parto. Sin embargo, lo que verdaderamente duele es la soledad o alguna forma de maltrato. El frío. El aislamiento. La presión y las prisas. Las rutinas innecesarias. La deshumanización. No ser tratadas con el respeto y el amor que merecemos.

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Eso nos hace sufrir. Eso es lo que realmente duele. En cambio, el bebé nunca lastima a las madres. El parto en sí mismo tampoco lastima a las madres. Es importante que comprendamos la diferencia.

Las mujeres necesitamos el dolor para ingresar en un tiempo sin tiempo y poder parir por nuestros propios medios. El dolor nos “retira” del pensamiento y nos permite “salir del mundo concreto” para ingresar en un mundo onírico, para soltar el control y parir en libertad. El sufrimiento es otra cosa.

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