Amor sin palabras

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Amor sin palabras

Este artículo ha sido extraído y adaptado del muy recomendable libro Cómo aman las madres, de Naomi Stadlen (Urano)

Se oye decir a menudo que “las madres sí que saben”. A veces yo misma lo digo. Pero, como casi todas las afirmaciones respecto a las madres, solo es cierto en parte. No es así, desde luego, como se sienten la mayoría de las madres al principio: “P. volvió al trabajo esta mañana. Estoy sola. Y lo que sabía sobre la maternidad ya no da más de sí. No sé qué viene ahora. No sé qué esperar”.

Hace falta tiempo para conocer a un niño. Es un proceso extraordinario. Las madres están aprendiendo acerca de personas desconocidas hasta ese momento. Los primeros descubrimientos que hacen suelen ser pequeños e imperceptibles. Puede ocurrir que no se den cuenta de que están haciendo progresos.

“Es raro ser madre. No tengo ni cinco minutos para poner la lavadora, pero sí media hora para pararme en la calle a mirar un petirrojo.”

Esta madre estaba hablando para unas cuantas más, que enseguida se rieron. Comprendían lo raro que sonaba aquello. No necesitaban que les explicara lo útil que era la lavadora. Y, sin embargo, meter la ropa sucia dentro puede ser muy difícil teniendo a un bebé en brazos, mientras que contemplar a un petirrojo es compatible con sostener a un niño en brazos. Todas parecían estar de acuerdo en que los bebés de corta edad quieren a menudo que sus madres los cojan.

Con todo, había cierta reticencia en sus risas. Mirar un petirrojo, ¿de qué sirve eso? ¿Acaso no viene a demostrar que las madres hacen cosas ridículas que no merecen esa pérdida de tiempo? ¿Qué sentido tiene que una madre se pare con su bebé a contemplar un petirrojo?

¿Qué se supone que han de hacer las madres?

Tienen encomendada la tarea de introducir a sus recién nacidos en la vida en sociedad. Lo hacen mediante la relación con sus bebés y empezando a comunicarse con ellos. Al principio, los bebés no saben cómo comunicarse, ni son conscientes de que pueden hacerlo. Expresan lo que sienten mediante el llanto o poniéndose contentos. Pero a un recién nacido no se le ocurre mirar a su alrededor para comprobar si está obteniendo alguna respuesta.

El “diálogo” de ida y vuelta parece un cambio inmenso respecto a la vida intrauterina. La civilización humana depende de que las sucesivas generaciones sean capaces de comprenderse y comunicarse entre sí. No nacemos sabiendo cómo hacerlo. Lo aprendemos.

Convertirse en madre significa llevar a cabo uno de los trabajos más antiguos que existen.

Pero la responsabilidad de la madre a la hora de ayudar a su bebé a comunicarse no goza de amplio reconocimiento. Puede que ni siquiera ellas se den cuenta de que es eso lo que están haciendo.

Esto nos ayuda a comprender a la madre que se detenía a mirar el petirrojo. Había empezado a percibir los momentos en que su bebé parecía contento, y los agradecía. Su reacción debió ser: “¡Qué bien haber encontrado algo que te gusta! Vamos a mirar un rato más”. Es un buen ejemplo de lo nimios que pueden ser los primeros pasos de la comunicación y de lo insignificantes que pueden parecer ese momento. Y son cruciales.

Antes del parto, una madre puede haber leído mucho acerca de cómo cuidar al bebé y haber planeado cómo organizará su vida con él. Pero quizá le espere una sorpresa.

A un recién nacido no se lo puede organizar.

Es capaz de expresar rotundamente sus puntos de vista respecto a los pormenores de su cuidado. Y puede que sus opiniones no siempre coincidan con las de su madre. Esto significa que el cuidado del bebé es más sutil de lo que parece. No es cuestión de aplicar este método o el de más allá. Es un diálogo. Puede convertirse en una batalla. O en una sucesión de tratos y negociaciones entre dos.

¿Por qué es tan difícil ser madre?

¿Por qué están tan cansadas las madres recientes? Si pasan tanto tiempo pensando en sus bebés, ¿cómo es posible que el solo hecho de pensar en un bebé sea tan agotador?

Por lo que cuentan las madres, una de las razones primordiales de este agotamiento es que una madre tiene bajo su responsabilidad a una persona recién venida al mundo que al principio no se comunica voluntariamente con ella, pero que depende de ella. De modo que la madre tiene muy poco tiempo libre para centrarse en sí misma.

Entre sus pensamientos, ha de seleccionar solo los esenciales. Pasa constantemente de momentos fugaces en los que piensa en sí misma a momentos en los que piensa intensamente en su bebé. Ha de preguntarse continuamente qué necesita de ella. Puede que el bebé tampoco sepa la respuesta.

De ahí que la madre deba hacer acopio de observaciones detalladas pero todavía inconexas. Ha de tener a mano gran cantidad de datos sin estructurar. Cuando varias observaciones encajan, se produce la comprensión, y esta trae consigo el relajamiento. Así pues, no entender todavía deja a la madre perpleja e incapaz de relajarse.

Con el paso de los meses, la atención reconcentrada de la madre va rindiendo fruto. La madre ya es capaz de reconocer los gestos de su bebé y de descubrir en ellos breves secuencias de comportamiento coherente. Cuando esto ocurre, es fácil percibir su emoción. Estos momentos de comprensión reactivan sus energías.

Experiencias particulares

Pero ¿cómo se negocia con un recién nacido? Los libros raramente hablan de ello. ¿Pueden las madres aprenderlo de otras? ¿Enseñan las madres con experiencia a las primerizas lo que tienen que hacer, o cómo empezar? Podría pensarse que la experiencia maternal es fácil de transmitir. Las madres experimentadas quieren, desde luego, ayudar a las primerizas que se sienten confusas. Así que ¿por qué no lo hacen?

“Las preguntas que hacen las madres primerizas no son de las que tienen una respuesta evidente. Recuerdo que cuando yo era madre primeriza preguntaba a las madres con experiencia cómo afrontaban tal o cual situación. Solían contestar ‘No sé’, y a mí me parecía frustrante. Estaba segura de que conocían una respuesta adecuada que no me contaban. Pero ahora yo también lo digo. Como madre, he aprendido a aceptar las cosas, no a resolverlas.”

Las madres evolucionan de manera diversa, y es posible que no todas nos veamos reflejadas en esta reacción. Lo importante es que esta madre ha evolucionado respecto a como era al principio. ¿En qué sentido? Una madre intentaba explicarlo mientras mecía a su hija: “Nada más nacer el bebé, todo son consejos. Es muy desconcertante. Intentas seguirlos, y acabas por pensar que a tu bebé o a ti os pasa algo raro sino funcionan. Luego, en algún momento, te das cuenta de que lo que tienes ahí es una personita, no un objeto al que haya que alimentar y calmar”.

Puede parecer obvio que un bebé es una personita, pero por lo visto es muy fácil que las madres primerizas pierdan de vista este hecho. Como señalaba esta madre, los profesionales de la salud ofrecen gran cantidad de consejos acerca de cómo debe organizarse la vida cotidiana con un bebé. Dichos consejos pueden parecer útiles, pero crean confusión. Quienes los ofrecen, en realidad no describen a un bebé en concreto. Pese a ello, hablan o escriben no solo como si todos los bebés fueran parecidos (como lo son en ciertos aspectos), sino como si todos debieran serlo.

Cada bebé es único, como lo es cada madre. Eso también parezca quizá una obviedad, pero una madre suele perderlo de vista fácilmente. Y cambia mucho las cosas. Así, por ejemplo, una madre puede haber visto a otras dejar a sus bebés en sus cunas. Pero el suyo, que es único, prorrumpe en chillidos cada vez que intenta tumbarlo. Ella ignora por qué. Pero, como no quiere causarle malestar, comienza a negociar con él: “Pareces contento cuando te cojo en brazos, pero tengo que comer algo. Tendremos que encontrar el modo de hacerlo juntos”.

Al principio, las negociaciones son forzosamente unilaterales porque el bebé desconoce las alternativas. Aun así, las madres mantienen estas conversaciones como si sus hijos fueran a responder.

Puede que ello allane el camino para que el bebé se atreva a formar parte de la conversación cuando tenga edad suficiente.

Para saber más

Naomi Stadlen es psicoterapeuta, licenciada en Historia, madre y abuela. Sus libros son fruto de la experiencia acumulada durante más de veinte años de reuniones semanales con madres.

Cómo aman las madres, como anteriormente Lo que hacen las madres, no pretende dar consejos. Tampoco es un libro que teorice sobre los principios de la crianza; es un cuadro elaborado con fragmentos de emociones y pensamientos expresados por madres de niños pequeños, enmarcado por un observadora privilegiada:

“Ninguna de nosotras encaja perfectamente en él, pero aun así creo que es útil mirarlo. Las madres parecen haber desempeñado durante milenios la tarea de escuchar y responder a sus hijos. Individualmente, no hay duda de que todas podemos fracasar. Pero nuestra capacidad colectiva para crear relaciones afectivas con nuestros hijos es esencial para la supervivencia y la continuidad de la vida civilizada”.

Hacer sitio en el corazón, las dudas sobre la propia capacidad, la creación de la intimidad... las reflexiones de Stadlen se deslizan por los distintos momentos que vivimos con nuestros bebés.

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