Cada niño es muy especial

Necesitamos amar la diferencia. En todo el universo, la diversidad es moneda corriente. Posiblemente eso suceda porque nos necesitamos unos a otros con nuestra disparidad. No solo el bajo necesita del alto para tomar la manzana del árbol, sino que el alto necesita del bajo para encontrar la piedra preciosa. El delgado necesita del robusto para lanzar la piedra y el robusto necesita del delgado para correr. El niño necesita al adulto para ser cuidado y el adulto necesita al niño pequeño para sanar su corazón.

El valor de la diversidad

Sin embargo, tenemos tendencia a juntarnos con los iguales. Aquí estamos quienes somos buenos en matemáticas, por allí estamos los deportistas, por aquí los músicos y por allá los obedientes. Esta costumbre de estar entre parecidos nos aleja de quienes tienen otras historias para enseñarnos. Y estando lejos, nos volvemos desconocidos. Y si somos desconocidos, finalmente devenimos peligrosos.

Con los niños pasa lo mismo. Hay niños para todos los gustos. Niños que sienten diferente, que ven otros colores, que perciben diferente, que tienen una cabeza diferente. ¿Diferentes a quién? A quien los está tildando de diferentes. ¿Entonces? Entonces acerquémonos. Juntémonos. Arrimémonos. Mezclémonos. Todos los niños tienen necesidades especialísimas, porque cada niño es profundamente diferente. Y si nos acostumbramos a mirar a cada niño en particular, luego no nos asombraremos de sus disparidades.

Mirarnos en los demás

Esta es la sabiduría de la diversidad. Saber que solo en la diferencia podemos conocernos. Solo si los demás poseen virtudes diferentes a las propias podemos comprender qué tenemos y qué nos falta. Por eso, ni siquiera se trata de “aceptar” las diferencias. Se trata de comprender que sin las diferencias no “somos”, de darnos cuenta de que para “existir” y tener alguna entidad necesitamos a aquellos que son diferentes a nosotros. Como el rojo necesita del azul y el violeta necesita del anaranjado.

En definitiva, el acercamiento al “diferente” no es sinónimo de altruismo, sino, simplemente, la capacidad de reconocer quiénes somos reflejándonos en los otros.

¿Y los niños superdotados?

Los niños superdotados tienen algunas habilidades muy desarrolladas, generalmente de orden intelectual. No precisan demasiados estímulos en esa área, porque se sienten cómodos des- plegándolas espontáneamente. Sin embargo, precisan apoyo para que aparezca su lado de “niño” –que lo tienen– para beneficiarse del juego, la fantasía y la diversión.

La mayor dificultad en estos niños es la mirada de los adultos: los observamos desde el único lugar que nos llama la atención, perdiendo la oportunidad de conocerlos y abordarlos en la totalidad de su ser. Y no importa qué es lo que saben hacer. Solo importa quiénes son.

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