Cuando su fantasía te preocupa

Los niños conviven con sus fantasías. Es algo que forma parte de la interacción entre las experiencias reales y la capacidad de ir asimilándolas. Esta es, justamente, la función de las fantasías, de las que también nos servimos los adultos, claro. Por eso es útil permitir, facilitar e incluso estimular el acceso a la fantasía de los más pequeños.

Habitualmente utilizamos los cuentos, las aventuras y la magia para que los niños dispongan de imágenes que los ayuden. Hoy en día, contamos también con la tele y la interacción con los juegos electrónicos, aunque el juego libre es, en sí mismo, la puerta de acceso al mundo de lo irreal.

Reinventar lo que ocurre

Si no hubiera fantasía, no podríamos jugar. Pero si a los adultos nos resulta difícil ayudarlos en este sentido, al menos tendremos que permitirles que exploren sin interferir demasiado y, sobre todo, sin imponer horarios rígidos ni tareas que no les incumben o que pertenecen al mundo de los mayores.

Ahora bien, puede suceder algo preocupante: que un niño sea tan, tan fantasioso que empiece a tergiversar la realidad, es decir, que se dedique a “traducir” o “interpretar” lo que vive u observa, alejándolo demasiado de lo que ocurre realmente.

En esos casos, en lugar de poner el foco en eso que el niño está haciendo “mal”, revisemos si en su entorno está sucediendo algo confuso o demasiado doloroso para una criatura.

Si en el hogar se respira un aire muy tenso, si hay violencia activa o pasiva, si existe un clima hostil entre los padres o entre alguno de los padres hacia sus hijos, si circulan secretos o mentiras y el niño no logra detectar lo que pasa... entonces es probable que el niño intente escapar de esas circunstancias “borrando” de su comprensión aquello que efectivamente le está sucediendo, “organizando” en su mente cualquier otra situación más placentera que la real.

¿Imaginación o mentiras?

  • El niño que necesita mentir es porque ya está cansado de reclamar algo que precisa y que los padres hemos desoído.
  • A una mentira no le corresponde un castigo. Todo lo contrario. Le corresponde más comprensión, escucha, apertura y disponibilidad para abordar aquello que el niño ya no sabe cómo pedir.
  • Los padres sabemos perfectamente cuándo está inventando, modificando o alterando las cosas. También hemos de pensar que a veces los hijos nos imitan, porque detectan que en ocasiones nosotros decimos una cosa y hacemos otra.

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