Por Imma Marín, asesora de la Fundación Crecer Jugando y miembro del Observatorio del Juego.

Lo tengo, no lo tengo

Los niños comienzan a mostrar interés por recoger y agrupar objetos a partir de los tres años.

Hacia los cinco, sus ganas de saber, así como el desarrollo de sus capacidades, les permite pasar del “recoger y amontonar” al coleccionar.

Para ellos cualquier objeto que les resulte atractivo puede ser el inicio de una colección: piedras, hojas, conchas, chapas, minerales, cromos, postales, muñecas, coches...

Más allá del agrupar

Este primer impulso de acaparar se convierte en deseo de observar, ordenar y clasificar como una manera de conocer, comprender y ordenar su entorno.

Además, a los niños les encanta mostrar sus colecciones y exhibir sus progresos y esas piezas raras que hacen de su colección algo especial.

Una colección es sobre todo un proyecto personal que les permite sentirse mayores y ejercitar capacidades importantes para su desarrollo.

Una colección es sobre todo un proyecto personal que les permite sentirse mayores

Sin duda, vale la pena que les animemos en este empeño participando de su ilusión y ayudándoles en su cometido porque son muchos los beneficios que conlleva este hábito.

Constancia y paciencia

El simple hecho de proponerse hacer una colección supone esforzarse en lograr un objetivo y esto en sí mismo ya es un valor importante. Lo mismo ocurre con la constancia y la paciencia que requiere llevarla a cabo.

Para los niños, acostumbrados a obtener resultados de un modo inmediato, tener que esperar y perseverar en su empeño resultará todo un reto.

Proponerse hacer una colección supone esforzarse en lograr un objetivo

Cada pieza tiene su singularidad y al coleccionarlas los niños desarrollan su capacidad de observación y la memoria, porque deben recordar cómo son sus piezas, cuáles tienen, cuáles les faltan y cuáles están repetidas.

Otros aprendizajes

También aprenden a ordenar, clasificar y aplicar métodos, todas ellas actividades inherentes al coleccionismo.

Además, proporciona una gran satisfacción mostrarlas a los demás, estimulando la autoestima del niño. Del mismo modo, intercambiar “los repes” es fuente de sociabilidad y relación con los demás.

Intercambiar “los repes” es fuente de sociabilidad y relación con los demás

Se aprende a valorar aquello que requiere un esfuerzo conseguirlo. Por eso, si para hacer la colección se han tenido que comprar objetos y los niños se han implicado, estarán orgullosos de su labor y habrán aprendido el valor del dinero.

El papel de los padres

Los padres podemos incentivar esta afición mostrándole interés pero nunca imponiendo nuestros gustos. Debemos respetar su elección.

Podemos proponerle métodos para ayudarle a organizar su colección

Ayudarle a organizarse y proponerle métodos, por ejemplo, cómo apuntar los cromos que le faltan o, si el niño es más mayor, como hacer listados informáticos. Esto le demostrará nuestro interés, pero debemos hacerlo tan solo a modo de sugerencia, no de imposición.

A esta edad las “coles” no duran toda la vida. Por eso debe saber que para mantener varias, a veces deberá dejar una antes de empezar otra.

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