De Sylvie Riesco, doctora el Lingüística Aplicada y colaboradora de la Asociación LACTARD

"Nosotros no llegamos al colecho por instinto"

Este artículo está extraído y adaptado de la historia de "Cristina Gómez y su Lechón", del libro 'La magia de la leche', de Sylvie Riesco (La Casita de Paz).

Cómo llegué yo al colecho

No llegué al colecho por instinto. Las lecturas dentro de la corriente de crianza natural previas al parto me habían fascinado, dándome a conocer una serie de alternativas a lo que tradicionalmente constituía "la" manera de tener y criar a un hijo.

Sin embargo, cuando me topé con el capítulo del colecho –entiéndase la práctica mediante la cual se duerme en la misma cama con sus hijos o adosando la cuna a la cama–, confieso que sentí curiosidad. Es más, inmediatamente me sorprendí pensando que no me parecía mal.

Pero ¿por qué habría tenido que pensar lo contrario? Correcto, ¿para qué o para quién? ¡Cuánto daño ha hecho la educación basada los categóricos "bien" y "mal"!

Sin embargo, ingenua de mí, creí que mi hijo sería de esos que cuando llega la noche se duermen, y pasadas 12 horas se despiertan con suaves gorgoteos, y yo, cual mamá perfecta, iría tranquilamente hacia su cuna con cara descansada, sonriente y ropa inmaculada. ¡Madre mía lo que hacen el cine y la televisión!

Llegó el ansiado día, rompí aguas en el salón de casa y rápidamente salimos hacia el hospital. Eso sí, dejando la cuna preparada para meter a la criaturita en cuanto llegáramos.

Creí que mi hijo sería de esos que cuando llega la noche se duermen, y pasadas 12 horas se despiertan

Pasadas unas horas nació el que a partir de este momento llamaremos Lechón, un niño sano que desde el primer minuto se enganchó al pecho y del que no se separó en sus primeras horas de vida.

Él tenía muy claro lo que quería y, como había llegado sin manual de instrucciones, decidió que él me enseñaría todo lo que necesitaba para ser su madre.

Imposible dejarlo en la cuna

Puede que esto os resulte familiar y se lo hayáis escuchado a otros, pero me niego a obviarlo: su llegada supuso un terremoto mental y emocional. El suelo se abrió, las paredes temblaron y todo lo que había sido nuestro mundo cambió para siempre. Esa primera mirada en la que te enamoras de tu bebé lo cambia todo.

​Abandonamos nuestro momento nube de azúcar y volvemos a la realidad: Lechón, en su propósito de hacer de mí una madre, no permite que nadie nos separe durante las primeras 48 horas. Se aferra a mi pecho y a mis brazos. Por primera vez noto el calor de sus dedos sobre mi piel, una huella que aún hoy me estremece.

Durante las dos primeras noches en el hospital, Lechón no admite separarse de mí

La cunita (fría, la verdad) la usamos de cambiador y portaobjetos. Los profesionales sanitarios, que ocasionalmente entran para preguntar cómo estamos, miran hacia la cuna para luego fijarse en mis brazos. Comprueban que los dos estamos acostados juntos. No parece ser de su agrado, pero no dan su opinión, y yo se lo agradezco.

Justo cuando voy a dejarlo en su preciosa minicuna abre los ojos y el pánico se apodera de su mirada. Por supuesto, sin dudarlo un instante lo cojo de nuevo. Cuna 0 - Brazos 1. No pasa nada. Nadie dijo que hubiera que lograrlo a la primera.

Un cuarto de hora de paseo por el pasillo y, ahora sí, parece que está profundamente dormido. ¡Toma empate! Lechón duerme en su cuna. Ahora nos toca a nosotros.

Colocamos la cuna pegadita a la cama, apagamos la luz y nos acostamos. 30 segundos después, un ruidito, luz encendida, falsa alarma, todo correcto. Oscuridad, doy vueltas, no puedo dormir a pesar de llevar más de dos días despierta.

Me pregunto si se encuentra bien. 15 minutos después, otro ruidito, este un poco más fuerte. Lechón se está despertando. Encendemos la luz, y ahí está, observándonos con cara asustada. Lo cojo, le ofrezco teta y comenzamos de nuevo. Intentos de echarlo en la cuna, apertura de ojos simultáneos al movimiento de posarlo sobre su colchoncito... En este partido, cuna 0 - brazos 8.

Encontramos la solución

Tras el desayuno, consejo de guerra. Debíamos adoptar una estrategia diferente la próxima noche: mamá a las 10 se irá a la cama y descansará hasta que Lechón pida la siguiente toma. Ese tiempo estará tumbado sobre su padre en el salón y luego cambiaremos. Así, toda la noche.

Parece una locura, pero solo hace falta ponerse en la piel de unos papás primerizos, agotados, con las hormonas puérperas a tope y Lechón con síndrome de la cuna de pinchos. ¡Ah, que aún no he explicado qué es esto!

La primera noche teníamos miedo a aplastarlo y, sobretodo, a haber tomado una decisión que pudiera perjudicarlo en el futuro

En pocas palabras, el niño duerme plácidamente sobre cualquier superficie: cuerpo de la madre o del padre, pero cuando llega a la cuna se llena de pinchos invisibles que causan un efecto rebote inmediato.

Nuestra estrategia funcionaba, pero tras varios días no podíamos con nuestro cuerpo. Eso sí, habíamos averiguado que Lechón dormía por las noches. Entonces, si el problema no era él, algo estábamos planteando mal nosotros.

Al llegar la noche, comienza de nuevo nuestra rueda, pero a las dos de la madrugada veo la luz, y después de darle el pecho lo dejo en nuestra cama. No os quiero engañar, esa noche no dormimos bien.

Nos daba miedo aplastarloy, sobretodo, nos daba miedo haber tomado una decisión que pudiera perjudicarlo en el futuro. A todos nos han contado historias del hijo de unos conocidos de un amigo que con 15 años todavía duerme en la cama de sus padres.

En la misma cama, pero seguros

Claro que el colecho debe practicarse de manera responsable y ha de ser fruto de una decisión de los padres, tomada a conciencia y aplicada con seguridad. Pero precisamente para eso está la información.

Sabíamos que los bebés debían dormir en una habitación que no resultara muy calurosa, sobre una superficie firme, limpia, sin humo, ni almohada, ni muñecos que pudieran asfixiarlo. Lechón debía dormir sobre su espalda.

El colchón debía estar bien encajado dentro de la cuna o tocando a la pared sin ningún espacio donde el bebé pudiera quedar atrapado. Ninguno de nosotros fumábamos o tomábamos medicamentos para dormir que menguaran nuestra capacidad de reacción.

Nosotros descansamos mejor, él durmió tranquilo y descubrimos el maravilloso mundo de mamar tumbados

No éramos obesos, por lo que podíamos controlar la situación física de Lechón. Además, no había otro bebé menor de un año durmiendo en el mismo colchón junto a él, mi pelo largo estaba recogido para evitar cualquier estrangulamiento fortuito y había rescatado un viejo pijama para evitar los camisones con lazos.

Y… ¡funcionó! Nosotros descansamos mejor, Lechón durmió tranquilo, y descubrimos el maravilloso mundo de mamar tumbados en un duermevela en el que ninguno de los dos nos llegábamos a despertar.

A la mañana siguiente no hubo consejo de guerra. Cuando anocheció, nos acostamos los tres en la cama y volvimos a reposar.

Que no os digan lo que debéis hacer

Si vosotros estáis convencidos de que estáis haciendo lo mejor para vuestro hijo, no hagáis caso de otros comentarios.

Sábado por la tarde, nos visitan familiares de ambas estirpes y alguien pregunta: “¿Qué tal duerme?”. Nosotros contestamos: “Fenomenal. Desde que duerme en nuestra cama dormimos mucho mejor”. Silencio, miradas y por fin alguien abre la veda: “Bueno, ¡ya no lo sacáis hasta dentro de 10 años!”.

El deshacernos de los prejuicios nos estaba abriendo los ojos a otra realidad

Esto dio pie a más de una hora de comentarios sobre lo inadecuado de esta práctica. Miles de ideas nos abruman, pero a la hora de irnos a dormir, de nuevo los tres a salvo a la cama. Todo lo que nos han dicho pesa, pero, lo siento, estar descansados pesa más.

Ciertamente, el deshacernos de los prejuicios nos estaba abriendo los ojos a otra realidad: nos encanta amanecer y ver su carita, sentir su respiración tan cerca… Y la familia iba a aumentar.

¿Uno más en la cama?

Las semanas previas al parto, me inquietaba no saber cómo haríamos para dormir los cuatro. Pero Lechón venía a darme muchas lecciones, y la primera noche de Cachorrito en casa nos dijo que no quería dormir en nuestra habitación. No quería oír llorar al bebé.

Hace tiempo que dejé de colechar con el fin de descansar, ahora colecho porque es lo que me llena

Podría dejar aquí el relato, pero no quiero engañaros: Lechon va y viene según le parece, y Cachorrito, que ya no es tan pequeñito, rueda entre sábanas. La experiencia es un grado. Hace mucho que no explico a nadie cómo nos organizamos para dormir. Tampoco miento, y si alguien me pregunta, se lo cuento.

Hace tiempo que dejé de colechar con el fin de descansar. Ahora colecho porque es lo que me llena, lo que nos une aún más a los cuatro. A veces, me despierto agitada por la noche, y el hecho de sentir a las personas que más quiero a mi lado me tranquiliza y me devuelve el sueño. Tengo 35 años. No me quiero imaginar lo que debe sentir un bebé que abre sus ojos en la soledad de la noche.

Para saber más...

Este fragmento forma parte del libro La magia de la leche de Sylvie Riesco Bernier, doctora el Lingüística Aplicada y Licenciada en Filología Inglesa, fue su experiencia como madre, y de la mano de la Asociación LACTARD con la que colabora apoyando a otras madres, la que la llevó a escribir este libro.

Aunque este fragmento habla del colecho, este libro fue concebido como “una guía da lactancia materna y crianza”, y aquí no son los doctores ni las matronas quienes explican los pros y los contras de la lactancia materna y de la crianza, sino las madres, las verdaderas especialistas en el tema.

Y como el amor es el hilo conductor de este libro, no es de extrañar que los beneficios recaudados con sus ventas sean donados a la Federación Española de Enfermedades Raras.