Imma Marín

Asesora de la Fundación Crecer Jugando y miembro del Observatorio del Juego

¿Por qué no sabe jugar solo?

Jugar es clave para el desarrollo de los niños y, sin embargo, hoy en día parece que no se le dé la importancia suficiente.

Muchos incluso pensamos que es una pérdida de tiempo, cuando en realidad, mientras el niño juega, su cerebro está haciendo montones de conexiones neuronales, además de ayudarlo a simbolizar todo lo que no entiende de este mundo y a reproducir vivencias que le causan miedo, ansiedad o confusión.

El aprendizaje del juego

A los padres nos preocupa que nuestros hijos nos necesiten siempre para divertirse y nos gustaría que aprendieran a jugar solos.

Es cierto que a menudo el juego en solitario surge en el niño de forma espontánea y natural; sin embargo, normalmente esta capacidad de autonomía es fruto de un proceso de aprendizaje.

Nosotros jugamos un papel destacado en este aprendizaje, pero no siempre nos resulta fácil estar disponibles para nuestros hijos porque nos pasamos el día de un lugar para otro y al llegar a casa seguimos con las rutinas.

Se nos olvida que la simple presencia y la mirada de mamá o papá es lo más valioso para un niño. Se sienten queridos, tenidos en cuenta, importantes...

Jugar en familia crea vínculos más fuertes con nuestros hijos

Aprovechemos la oportunidad tan maravillosa que supone jugar en familia para crear vínculos más fuertes con nuestros hijos.

¿Qué podemos hacer nosotros?

De la misma manera que los padres ayudamos a nuestro bebé a descubrir el mundo que le rodea, también somos nosotros los que le guiamos en el descubrimiento del juego y las posibilidades lúdicas.

Ponemos juguetes a su alcance, agitamos un sonajero con él y le ayudamos a meter un cubilete dentro de otro. Así no solo estimulamos su imaginación y capacidad de juego, sino que, además, nuestro acompañamiento posibilita que nuestro hijo desarrolle su autoestima.

Alrededor de los tres años, el niño empieza a descubrir el juego en solitario

Si esta es necesaria para aprender a jugar, resulta imprescindible cuando esperamos que aprenda a jugar solo.

Alrededor de los tres años, el niño empieza a descubrir el juego en solitario: la seguridad que tiene en sí mismo le permite estar tranquilo aunque no siempre estemos acompañándolo, y el entrenamiento que le hemos brindado en creatividad y actitud lúdica le abre ahora un gran abanico de posibilidades.

Es gracias a este tiempo compartido previo que a nuestro hijo le apetecerá tener momentos en los que explorar solo, dejar volar su imaginación y aventurarse por su cuenta.

Cómo ayudarle a entretenerse solo

En muchas otras ocasiones seguirá necesitando nuestra compañía, ayuda y cariño para probarse a sí mismo en las relaciones con los otros.

Al fin y al cabo, los padres somos las primeras personas con las que se relaciona nuestro hijo y con las que entrena sus habilidades sociales.

  • Invitémosle a que juegue a nuestro lado mientras nosotros estamos ocupados; nuestra presencia le hará sentirse acompañado en su juego.
  • Aprovechemos sus ganas de imitar: si nosotros estamos cocinando, ellos pueden preparar también la comida para sus muñecos.
  • Es importante aprender a jugar solo, pero no olvidemos que los niños necesitan niños para jugar. Son esos “otros” con los que comparte el juego quienes favorecen el desarrollo de su sociabilidad.
  • Solo un niño con buenos recursos lúdicos será capaz de entretenerse solo. Y esos recursos los brindamos los padres jugando con ellos.

La importancia del juego libre

El juego, si es libre y no dirigido por el adulto, es muy terapéutico, sanador y, aunque a veces no nos lo parezca, es una de las mejores herramientas que tienen los niños para aprender. El tener espacios donde disfrutar de una forma espontánea es lo que les garantiza un buen desarrollo de sus habilidades emocionales y cognitivas.

El juego libre es terapéutico y una de las mejores herramientas que tienen los niños para aprender

Los juguetes poco estructurados son otra de las piezas esenciales para que se produzca este desarrollo. Pero ¿qué entendemos por materiales no estructurados?

Pues cualquier material o cosa a la que un niño le pueda dar un sinfín de utilidades según su imaginación, edad, interés o necesidad, y esto va desde piedras, palitos, arena, agua, cañas, ramas, troncos..., pasando por cáscaras de nueces, semillas, legumbres..., hasta llegar a cajas, botellas, maderas...

Cuantas menos funciones tenga un juguete, más imaginación le podrá poner el niño. En definitiva, lo que se busca es que sea el niño quien dirija el juego y no que sea el juguete el que determine cómo se tiene que jugar.