Por el Dr. Luis Ruiz

Infección tras infección

En esta época del año rara es la familia en la que alguno de sus miembros no pasa un catarro o sufre un cuadro gripal.

En realidad, a menudo tenemos contacto con los virus y las bacterias sin apenas darnos cuenta: según la fortaleza de nuestras defensas, seremos víctimas fáciles, nos contagiaremos y enfermaremos.

¿Existen algún modo de prevenir estas infecciones? ¿Algunas etapas de la infancia son más vulnerables que otras? Estas son dos de las preguntas que más se nos hacen en las consultas pediátricas. Vayamos por pasos.

las defensas de los recién nacidos

Cuando nacemos, nuestra madre ha estado protegiéndonos en su seno contra las infecciones del ambiente. Si ella enfermaba, por lo general, se recuperaba y no nos ocurría nada. La madre nos protege siempre, y cuando nacemos sigue haciéndolo.

El recién nacido ha recibido a través del cordón umbilical cantidades enormes de anticuerpos específicos contra las enfermedades que la madre ha padecido.

Cuando el bebé empieza a entrar en contacto con los gérmenes del ambiente, utiliza estas defensas que recibió de forma pasiva en el útero para no caer enfermo. De esta forma, la madre lo protege aun cuando ya no está dentro de ella.

inmunidad a largo plazo

El sistema inmunitario del bebé está preparado para controlar y defenderse de enfermedades infecciosas, pero no está tan “entrenado” como el de su madre.

La lactancia materna es un potente escudo protector

Por este motivo, los pediatras recomendamos no hacer pasar al recién nacido riesgos innecesarios: es mejor que, aunque salga de paseo, el bebé permanezca en casa, sin contactar con demasiada gente, para evitar contagios.

La lactancia materna se convierte también en un potente escudo protector. La madre que amamanta a su hijo le pasa cantidades ingentes de inmunoglobulinas del tipo IgA, que se reparten por las mucosas de la boca y respiratorias, evitando que el bebé se ponga enfermo al contactar con los gérmenes.

Y la madre sigue protegiendo al bebé mientras mantiene la lactancia, si ambos coinciden con una persona enferma. Si la madre no ha pasado esa dolencia, su sistema inmunitario –más maduro y funcionando correctamente– fabrica IgA y células defensoras (los leucocitos) que, a través de la leche, ayudan al bebé a ponerse menos enfermo aunque se contagie.

Cuando el bebé pequeño tiene hermanos mayores o va muy pronto a la guardería, todas estas defensas que había recibido de su madre, y que lo protegían, se van gastando. Cada vez que entra en contacto con un virus o una bacteria, los anticuerpos que su madre le dio evitan que el bebé se ponga enfermo... pero ya no se reponen en la sangre.

Si a pesar de la presencia de anticuerpos, la cantidad de virus es muy alta, el bebé se infecta

Por eso, desde el primer día el niño va creando y madurando su propio sistema: cuando las defensas pasivas de la madre se agotan, él ya responde a las nuevas infecciones, esta vez sin ayuda.

Si a pesar de la presencia de anticuerpos, la cantidad de virus es muy alta, el bebé se infecta y aparece la enfermedad. Mayoritariamente, son procesos reactivos a la infección vírica, sobre todo de las mucosas respiratorias.

Síntomas habituales

El organismo responde a las infecciones con su sistema inmunitario, y produce unas señales o síntomas que podemos identificar.

Si aparecen, deberíamos observarlos y, en el caso que sea necesario, acudir con nuestros hijos al médico para aplicar el tratamiento adecuado, si lo hay.

¿Cuáles son los síntomas que debemos conocer y tratar?

  • La fiebre es la primera reacción defensiva del organismo contra las enfermedades. En sí, no es mala, todo lo contrario, produce una situación en la que las defensas del organismo actúan con mayor eficacia. Así, este síntoma que tanto asusta a los padres es un mecanismo de defensa que hay que respetar y no tratar de eliminar sin más. Si la fiebre no se acompaña de otros síntomas, es posible que no necesite tratamiento.

Algunas enfermedades, dependiendo de la zona del cuerpo afectada, provocan síntomas específicos. Por ejemplo:

  • La infección vírica del tubo digestivo provoca vómitos, y en las porciones bajas del instestino, diarrea.
  • La tos es el síntoma fundamental en el caso de inflamación del aparato respiratorio, tanto si afecta a las vías bajas (pulmones, bronquios) como a las vías altas (nariz, garganta, senos nasales, laringe, oídos).
  • Algunas enfermedades provocan manchas en la piel, lo que nos va a permitir identificarlas.
  • Otras afectan al sistema urinario y lo que provocan son molestias al orinar por inflamación de la uretra, o de los genitales externos.

En cualquier caso, los síntomas se producen y nos inquietan. La pregunta que nos surge a los padres es: ¿Cuándo tenemos que ir al pediatra? O incluso: ¿Cuándo deberíamos ir de urgencias?

Aprender a reaccionar

El manejo de las enfermedades de los hijos es algo que hay que aprender conforme las van pasando.Cuando tenemos poca experiencia, nunca sabemos si las decisiones que tomamos están bien o no.

Por este motivo, mientras no hayamos ganado suficiente seguridad, es bueno que los padres conozcamos en qué situaciones hay que ir al médico y con qué premura.

  • Fiebre alta. Recomendamos tratarla si el niño tiene una temperatura superior a los 38 grados cuando ponemos el termómetro en la axila, o 38,5 si lo hacemos en el recto. Si a pesar de la fiebre el niño tiene buen estado general, come y juega como si no le ocurriera nada, no debemos preocuparnos: podemos acudir al pediatra, pero no es necesario desplazarnos hasta allí de forma precipitada. Si la fiebre alta hace que el niño esté postrado, y al bajársela se recupera, podemos esperar para ir al médico e identificar su causa. Si acudimos al pediatra cuando hace menos de una hora que el niño tiene fiebre y su estado general es bueno, es posible que el pediatra nos diga que tenemos que aguardar y ver si aparece algún otro síntoma.
  • El aspecto de la piel. Cuando los niños tienen fiebre y los padres acuden a la consulta, lo primero que hacemos los pediatras es desnudar a los pequeños en busca de señales o signos de enfermedad, ya que las manchas en la piel son un síntoma claro de algunas enfermedades. Cualquier niño con fiebre y manchas en la piel debería ser visto por un sanitario que pueda identificar si existe motivo para hacer tratamiento urgente. Como norma general, si las manchas no desaparecen al apretarlas, hay que ir al médico con premura. Si al presionarlas el color más o menos rojo de la piel desaparece, aunque igualmente deberíamos ir al médico, podemos hacerlo con más tranquilidad.
  • Vómitos. La aparición de vómitos es otro de los síntomas típicos. Pueden indicar una infección del tubo digestivo, pero también de otras partes del organismo. Cuando un niño tiene fiebre y vómitos es bueno que sea visto por el pediatra. En general, ante un vómito aislado sin fiebre ni mal estado general no hay que hacer muchas cosas, salvo amamantar o dar al niño líquidos poco a poco. Si persisten y el niño no tolera ni el agua azucarada, la visita al médico es imprescindible.
  • Tos continuada. Es otro síntoma que los padres podemos controlar. La tos indica afectación del pulmón o de otros órganos respiratorios y por sí sola no es motivo de alarma, aunque con frecuencia es la causa por la que los padres acuden a urgencias, ya que puede llegar a ser muy molesta para el niño. De todos modos, no siempre es síntoma de enfermedad grave. Ante la presencia de tos, debemos buscar asistencia sanitaria con más celeridad si el niño tiene dificultades para respirar. Podemos comprobar este extremo fijándonos en la frecuencia respiratoria, que está aumentada. Normalmente los adultos respiramos unas 15 veces por minuto. Los niños tienen una frecuencia más alta; pero si un niño está respirando más de 40 veces en un minuto, posiblemente tiene un proceso respiratorio que debería ser tratado con cierta premura.
  • Estado general. Por último, el estado general del niño también puede indicarnos cuándo hay que acudir al médico. Si veis que el niño no se comporta como siempre, este es un buen motivo para acudir a la consulta. Hay que tener en cuenta que si el niño tiene fiebre, es normal que se le vea apagado y con poco ánimo. Si al administrarle un antitérmico, el niño no se recupera un poco, hay que acudir al médico con mayor rapidez.

¿Y qué podemos hacer?

Una vez identificada la infección, en la mayoría de los casos no hay más que seguir un tratamiento sintomático: antipiréticos para la fiebre, analgésicos para el dolor... Esto es lo que ocurre con casi todos los catarros y procesos víricos que afectan fundamentalmente al niño pequeño.

Si la infección es bacteriana, necesitará un tratamiento específico con antibióticos. Si el proceso vírico es muy importante, podría necesitar antirretrovirales.

Por lo general, la mayor parte de procesos infecciosos que padecen los niños son de origen viral y duran unos siete días, tanto si se visita al médico como si no.

Si la infección es bacteriana, necesitará un tratamiento específico con antibióticos

Es cierto que este tiempo se nos puede hacer más largo porque vemos a nuestro hijo debilitado y parece que no podemos hacer mucho por ayudarle. También es verdad que acudiendo al pediatra para que descarte un problema más grave nos quedamos más tranquilos.

En cualquier caso, la mayoría de las veces solo podemos esperar aliviando en la medida de lo posible su malestar.

¿cuándo puede vover a la escuela?

El sentido común nos dice que hasta que el niño no esté recuperado no debería acudir a la escuela.

Un síntoma que nos permite identificar que ya está listo para volver es la fiebre. Los médicos solemos recomendar recuperar la actividad normal cuando se está sin fiebre 24 horas.

Cómo evitar contagios

La prevención nunca está de más. Esquivar las infecciones típicas de cada invierno pasa por cumplir tres puntos fundamentales:

  • Evitar ambientes cerrados y con multitud de gente (guarderías, centros comerciales, consultas médicas...).
  • Alimentarse bien. Una dieta variada propicia unos correctos niveles de vitaminas y antioxidantes, básicos para dificultar las infecciones.
  • Amamantar al bebé. La madre adquiere defensas mucho antes que su hijo y, a través de la leche, le pasa Inmunoglobulinas que le ayudan a defenderse de las infecciones.

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